Había una vez un hombre agazapado en el tejado de su casa durante una inundación. Rechazó la ayuda de un desconocido que pasaba en una canoa, de una familia en una balsa y hasta de un helicóptero de la Cruz Roja diciendo cada vez que Dios lo salvaría. Después de ahogarse, llegó al portal del cielo quejándose de que no había recibido la ayuda divina que había pedido. Al escuchar la queja, Dios se dirigió al hombre y le indicó que había enviado una canoa, una balsa y un helicóptero y él se negó a aceptar la ayuda.
Casi lo mismo sucede en el arco de la narrativa bíblica con los salvadores, dirigentes y portavoces que Dios envía a los antiguos hebreos a medida que entran y conquistan Canaán. Hasta Moisés, tenemos patriarcas. Fueron, literalmente, los sucesivos padres de los descendientes de Abraham.
En el momento en que regresan a Canaán, la tierra prometida, los hebreos (600.000 personas dice la Biblia, 600 familias dicen que los exegetas más caritativos) ya no son sólo los descendientes lineales de Abraham. Hay matrimonios con personas fuera de la tribu y convertidos a la fe.
La inducción al pueblo de Dios por el matrimonio se ilustra en la historia de Rut, la mujer moabita que se casó con el hijo de Noemí, Mahlón, y fue la abuela de David y antepasada de Jesús. La conversión aparece en la historia de Raab, la ramera de Jericó que Josué convenció de que fuese espía, y después fue acogida como miembro del pueblo hebreo. Tanto Rut como Raab son figuras especialmente significativas dado que la identidad hebrea en la antigüedad y judía en la actualidad, fue y sigue siendo transmitida por la madre.
Estas historias nos indican cómo evolucionaron los hebreos de un clan familiar sanguíneo a una confederación de tribus bajo la autoridad divina, y no a un grupo étnico o nacional. La unidad del pueblo hebreo radica en poner fe en Aquel cuya divinidad única se distingue de los otros dioses ajenos, a quien los hebreos se dirigen solo por el título, Adonai (Señor), y no por su nombre, a quien se respeta obedeciendo a su ley y no con mero culto. Gradualmente, adoptan para sí mismos el nombre colectivo de Israel, que significa “el que triunfa o prevalece con Dios”.
Una vez que los israelitas reciben de Moisés los primeros mandamientos fundamentales, Dios les envía tres tipos de guías: jueces, reyes y profetas. Son personajes que, aunque ahora describimos brevemente, aparecen a lo largo de los ocho siglos que le siguen a Moisés.
Los jueces gobernaron, aproximadamente, entre los siglos XII y X (Antes de la Era Común), comenzando con Josué, el sucesor de Moisés, elegido para conducir a los hebreos a la Tierra Prometida. En la Biblia figuran dieciséis jueces nombrados por mandato divino, que fueron dirigentes no elegidos y no hereditarios cuya autoridad era jurídica y militar.
Luego vienen los reyes del siglo IX al VI (AEC), primero en un solo reino unido, después en dos, que entran en crisis y finalmente sufren invasiones.
Durante el declive de la monarquía aparecen los profetas o intérpretes de los tiempos desde la perspectiva divina. Advierten, azuzan y, por último, al ver que sus congéneres no escuchan el mensaje divino, lamentan el gran desastre bíblico que fue la caída de los reinos y el subsiguiente cautiverio babilónico. Al final del cautiverio (alrededor del siglo V) viene una restauración de la fe que los une como pueblo, una realidad expresada en la primera compilación, el borrador de la Biblia hebrea.
27 de marzo de 2017
20 de marzo de 2017
Sinaí
En el camino a Canaán, en el Monte Sinaí (o Horeb), Moisés recibe las primeras leyes divinas fundamentales que conocemos como los Diez Mandamientos. Se considera que estos son los principios éticos esenciales del judaísmo y el cristianismo; vale la pena detenerse a revisarlos.
Aunque hay un consenso de que los mandamientos son diez, los textos (Éxodo 20: 2-17 y Deuteronomio 5: 6-21) distribuyen sus varios mandatos de manera distinta.
Los tres primeros mandamientos (o dos, según algunas versiones) se refieren a la relación humana con Dios. El primero exige una lealtad total a Adonai (hebreo, “Señor”) por encima de todos los dioses, sin la distracción de las imágenes. De no hacerlo, uno se expone al castigo divino que cae sobre los que dejan a Dios, que es celoso, mientras que la obediencia fiel es recompensada con gran misericordia.
El segundo exige respetar el nombre de Dios, que se refiere al poder de nombrar.
En algunos círculos ,este mandamiento se interpreta como la prohibición de escribir el santo nombre del Creador. Los rabinos y estudiosos bíblicos denominan a ese nombre el “tetragrámaton”, del griego que significa “cuatro letras”, generalmente transliteradas YHVH, o JHWH por académicos alemanes del siglo XIX, de lo cual deriva lo que en las traducciones modernas es Yahvéh o Jehováh, donde se agregan las vocales que no se escribían en el antiguo hebreo bíblico.
Probablemente, es más acertado interpretar el mandamiento como la prohibición de creer que se puede controlar a Dios. En la concepción bíblica, quien le pone nombre a un ser u objeto detenta poder y control sobre eso que nombra.
En Génesis, Dios le confiere a Adán dominio sobre todas las criaturas y el poder de darles nombre; esto se asemeja al poder que tienen los padres sobre los hijos aún hoy: los primeros son los que deciden el nombre por el que se les conocerá toda la vida que, en cierta forma, define psicológicamente la identidad propia. Implícita, además, en la prohibición de tomar el nombre divino en vano es la idea de que perjurar es un agravio al Creador, dado que invoca a Dios como testigo (la esencia bíblica de todo juramento) de una mentira.
En el tercer mandamiento, se da la norma de santificar (o mantener aparte) “el día de reposo” o “el día del Señor”. En la semana hebrea, el sábado se entendía como el séptimo día, aquel en el que Dios descansó después de la creación; la costumbre sabataria se transfirió al domingo cuando los cristianos comenzaron a reunirse para rememorar la resurrección de Jesús. Este mandamiento se ha interpretado como la base de una supuesta obligación de asistir a la sinagoga o a la iglesia, pero en el texto bíblico no hay mención explícita de semejante deber.
Los siete (u ocho) mandamientos restantes se refieren a las relaciones entre nosotros, los seres humanos. Comienzan con la del niño y sus padres. Los textos no definen el significado concreto de la “honra” a los padres. En su lugar, ofrecen una prescripción práctica que conlleva beneficios recíprocos: quien rinde homenaje a sus padres vivirá una larga vida y será, a su vez, honrado por sus hijos. En una variedad de interpretaciones bíblicas, rabínicas y eclesiásticas, aparece un paralelismo entre el honor debido a los padres biológicos y la honra a Dios, cuya obra creadora le confiere la paternidad universal.
El imperativo de no matar es específicamente contra el asesinato (retsach en hebreo). La palabra se usa en referencia a Abel, de quien Caín, su hermano, estaba tan celoso que lo mató (Génesis 4:8). También aparece cuando Moisés mata a un egipcio en represalia por matar a un esclavo hebreo (Éxodo 2: 11-12). Sin embargo, no se utiliza en la Biblia Hebrea para referirse a la matanza en una guerra y el texto bíblico distingue claramente entre el asesinato prohibido y la ejecución porque se exime del pecado al que mata como consecuencia de un crimen; de hecho, la pena capital aparece repetidamente como el castigo frente a una variedad de delitos, entre ellos el asesinato, por mandato bíblico.
Al adulterio, tema del siguiente mandamiento se lo definía, antes de Sinaí (Génesis 12:17 y 20: 3) y, más tarde, bajo la ley mosaica, como las relaciones sexuales entre una mujer casada y un hombre que no fuese su marido. La prohibición se centra en dos aspectos de lo que se entendía en tiempos bíblicos como derechos de propiedad: en primer lugar, refuerza el derecho del marido al usufructo sexual exclusivo de su esposa; en segundo lugar, previene contra la posibilidad de que la herencia del marido termine en manos de un niño (sólo los varones heredaban) engendrado por otro hombre, lo cual, efectivamente, se entendía como robo a los herederos sanguíneos del marido.
La teología moral católica amplió el concepto de adulterio para cubrir toda relación sexual fuera del matrimonio sacramental; en el protestantismo, por lo general, se refiere a las relaciones sexuales en las que, al menos un participante, hombre o mujer, está casado con otra persona.
Más allá de las interpretaciones cristianas, la injerencia del derecho de propiedad en la antigua concepción bíblica del adulterio se confirma en la amplitud de aquello a lo que se consideraba posesiones legítimas del hombre hebreo. En el mandamiento que le sigue, contra el robo, la proscripción se ampliaba e incluia la esclavización de un hebreo con fines de lucro, interpretado como el robo de la posesión de la libertad.
Le sigue la orden que prohíbe el falso testimonio contra el prójimo (entendido como cualquier persona con la que un hebreo podía entrar en contacto), que, una vez más, prohíbe perjurar.
El mandato contra la codicia, que en algunas versiones son dos mandamientos y en otras solo uno es la única instancia de un principios ético sobre las relaciones humanas que prohíbe cierto tipo de pensamiento, emoción o disposición. Se debate si el verbo “codiciar” es una traducción acertada. El hebreo es chamad, que puede ser “sentir lascivia” y “desear vigorosamente”. El rabino medieval español Maimónides ofreció la interpretación generalmente aceptada de que la prohibición pone distancia preventiva entre el creyente y el robo, adulterio y asesinato.
Para finalizar, debe entenderse que estos mandamientos se presentan como parte de un trato entre Dios, liberador de Egipto, y el pueblo hebreo. El texto implica que Dios dice: “Yo los liberé de la servidumbre en Egipto y, a cambio, ustedes deben cumplir mis reglas”.
Los hebreos de la antigüedad no concebían los mandamientos como reglas morales universales. En la noción hebrea, el pueblo judío está comprometido a cumplir los Diez Mandamientos, o Decálogo, y otras 603 leyes de la Torá, incluso algunas de menor peso moral, como las leyes dietéticas o kashrut.
Desde el mismo punto de vista, los Gentiles, o sea, casi toda la humanidad, sólo están obligados a cumplir las Siete Leyes de Noé, que combinan las seis ordenanzas de Dios a Adán en Edén (Génesis 2: 16-25), más un añadido en el pacto con Noé después del diluvio (Génesis 9). Se prohíben la idolatría, el asesinato, el robo, la fornicación, la blasfemia y comer la carne de un animal vivo; además, la ley ordena el establecimiento y mantenimiento de tribunales que administren el reparo por la mala conducta ajena.
En la concepción cristiana, los Diez Mandamientos fueron injertados como parte de la fe en Jesucristo, quien profesó que no había venido a abolir la Ley de Moisés, sino a cumplirla. Como veremos más adelante, la fe cristiana no es en el fondo una cuestión de reglas.
Aunque hay un consenso de que los mandamientos son diez, los textos (Éxodo 20: 2-17 y Deuteronomio 5: 6-21) distribuyen sus varios mandatos de manera distinta.
Los tres primeros mandamientos (o dos, según algunas versiones) se refieren a la relación humana con Dios. El primero exige una lealtad total a Adonai (hebreo, “Señor”) por encima de todos los dioses, sin la distracción de las imágenes. De no hacerlo, uno se expone al castigo divino que cae sobre los que dejan a Dios, que es celoso, mientras que la obediencia fiel es recompensada con gran misericordia.
El segundo exige respetar el nombre de Dios, que se refiere al poder de nombrar.
En algunos círculos ,este mandamiento se interpreta como la prohibición de escribir el santo nombre del Creador. Los rabinos y estudiosos bíblicos denominan a ese nombre el “tetragrámaton”, del griego que significa “cuatro letras”, generalmente transliteradas YHVH, o JHWH por académicos alemanes del siglo XIX, de lo cual deriva lo que en las traducciones modernas es Yahvéh o Jehováh, donde se agregan las vocales que no se escribían en el antiguo hebreo bíblico.
Probablemente, es más acertado interpretar el mandamiento como la prohibición de creer que se puede controlar a Dios. En la concepción bíblica, quien le pone nombre a un ser u objeto detenta poder y control sobre eso que nombra.
En Génesis, Dios le confiere a Adán dominio sobre todas las criaturas y el poder de darles nombre; esto se asemeja al poder que tienen los padres sobre los hijos aún hoy: los primeros son los que deciden el nombre por el que se les conocerá toda la vida que, en cierta forma, define psicológicamente la identidad propia. Implícita, además, en la prohibición de tomar el nombre divino en vano es la idea de que perjurar es un agravio al Creador, dado que invoca a Dios como testigo (la esencia bíblica de todo juramento) de una mentira.
En el tercer mandamiento, se da la norma de santificar (o mantener aparte) “el día de reposo” o “el día del Señor”. En la semana hebrea, el sábado se entendía como el séptimo día, aquel en el que Dios descansó después de la creación; la costumbre sabataria se transfirió al domingo cuando los cristianos comenzaron a reunirse para rememorar la resurrección de Jesús. Este mandamiento se ha interpretado como la base de una supuesta obligación de asistir a la sinagoga o a la iglesia, pero en el texto bíblico no hay mención explícita de semejante deber.
Los siete (u ocho) mandamientos restantes se refieren a las relaciones entre nosotros, los seres humanos. Comienzan con la del niño y sus padres. Los textos no definen el significado concreto de la “honra” a los padres. En su lugar, ofrecen una prescripción práctica que conlleva beneficios recíprocos: quien rinde homenaje a sus padres vivirá una larga vida y será, a su vez, honrado por sus hijos. En una variedad de interpretaciones bíblicas, rabínicas y eclesiásticas, aparece un paralelismo entre el honor debido a los padres biológicos y la honra a Dios, cuya obra creadora le confiere la paternidad universal.
El imperativo de no matar es específicamente contra el asesinato (retsach en hebreo). La palabra se usa en referencia a Abel, de quien Caín, su hermano, estaba tan celoso que lo mató (Génesis 4:8). También aparece cuando Moisés mata a un egipcio en represalia por matar a un esclavo hebreo (Éxodo 2: 11-12). Sin embargo, no se utiliza en la Biblia Hebrea para referirse a la matanza en una guerra y el texto bíblico distingue claramente entre el asesinato prohibido y la ejecución porque se exime del pecado al que mata como consecuencia de un crimen; de hecho, la pena capital aparece repetidamente como el castigo frente a una variedad de delitos, entre ellos el asesinato, por mandato bíblico.
Al adulterio, tema del siguiente mandamiento se lo definía, antes de Sinaí (Génesis 12:17 y 20: 3) y, más tarde, bajo la ley mosaica, como las relaciones sexuales entre una mujer casada y un hombre que no fuese su marido. La prohibición se centra en dos aspectos de lo que se entendía en tiempos bíblicos como derechos de propiedad: en primer lugar, refuerza el derecho del marido al usufructo sexual exclusivo de su esposa; en segundo lugar, previene contra la posibilidad de que la herencia del marido termine en manos de un niño (sólo los varones heredaban) engendrado por otro hombre, lo cual, efectivamente, se entendía como robo a los herederos sanguíneos del marido.
La teología moral católica amplió el concepto de adulterio para cubrir toda relación sexual fuera del matrimonio sacramental; en el protestantismo, por lo general, se refiere a las relaciones sexuales en las que, al menos un participante, hombre o mujer, está casado con otra persona.
Más allá de las interpretaciones cristianas, la injerencia del derecho de propiedad en la antigua concepción bíblica del adulterio se confirma en la amplitud de aquello a lo que se consideraba posesiones legítimas del hombre hebreo. En el mandamiento que le sigue, contra el robo, la proscripción se ampliaba e incluia la esclavización de un hebreo con fines de lucro, interpretado como el robo de la posesión de la libertad.
Le sigue la orden que prohíbe el falso testimonio contra el prójimo (entendido como cualquier persona con la que un hebreo podía entrar en contacto), que, una vez más, prohíbe perjurar.
El mandato contra la codicia, que en algunas versiones son dos mandamientos y en otras solo uno es la única instancia de un principios ético sobre las relaciones humanas que prohíbe cierto tipo de pensamiento, emoción o disposición. Se debate si el verbo “codiciar” es una traducción acertada. El hebreo es chamad, que puede ser “sentir lascivia” y “desear vigorosamente”. El rabino medieval español Maimónides ofreció la interpretación generalmente aceptada de que la prohibición pone distancia preventiva entre el creyente y el robo, adulterio y asesinato.
Para finalizar, debe entenderse que estos mandamientos se presentan como parte de un trato entre Dios, liberador de Egipto, y el pueblo hebreo. El texto implica que Dios dice: “Yo los liberé de la servidumbre en Egipto y, a cambio, ustedes deben cumplir mis reglas”.
Los hebreos de la antigüedad no concebían los mandamientos como reglas morales universales. En la noción hebrea, el pueblo judío está comprometido a cumplir los Diez Mandamientos, o Decálogo, y otras 603 leyes de la Torá, incluso algunas de menor peso moral, como las leyes dietéticas o kashrut.
Desde el mismo punto de vista, los Gentiles, o sea, casi toda la humanidad, sólo están obligados a cumplir las Siete Leyes de Noé, que combinan las seis ordenanzas de Dios a Adán en Edén (Génesis 2: 16-25), más un añadido en el pacto con Noé después del diluvio (Génesis 9). Se prohíben la idolatría, el asesinato, el robo, la fornicación, la blasfemia y comer la carne de un animal vivo; además, la ley ordena el establecimiento y mantenimiento de tribunales que administren el reparo por la mala conducta ajena.
En la concepción cristiana, los Diez Mandamientos fueron injertados como parte de la fe en Jesucristo, quien profesó que no había venido a abolir la Ley de Moisés, sino a cumplirla. Como veremos más adelante, la fe cristiana no es en el fondo una cuestión de reglas.
12 de marzo de 2017
Éxodo y Retorno
A estas tribus de Israel fundadas por Jacob les acaecen dos episodios de enorme importancia simbólica. Ambas son emblemáticas de la relación que la tradición bíblica tiene en mente para Israel y para todos, con Dios. Primero ocurre una partida del “hogar”; segundo, viene el difícil camino de regreso.
Los hijos mayores de Jacob, nacidos de Lía, se juntan en banda contra el penúltimo hermano, José, que es el más agraciado de la familia. José es, por cierto, el primogénito de la segunda, y más deseada, esposa de Jacob, Raquel. Los hermanos mayores no toleran a este José, a quien ven como canchero o demasiado listo, y lo venden como esclavo. En el relato bíblico, esto se presenta como si fuera una especie de broma de chicos en el patio de la escuela.
Hay que tomar en cuenta que la esclavitud, en la antigüedad y en la Biblia, era considerablemente más benigna que la deshumanizante “institución peculiar” en el sur de Estados Unidos hasta 1863 o la encomienda colonial hispanoamericana.
En la antigüedad, la mayoría de los esclavos era gente obligada a servir a otros por contrato temporario y funcionaba como la forma de pago de una deuda: el esclavo tenía que compensar mediante el trabajo el valor de la deuda, más algún beneficio. Otra vía hacia la esclavitud era la guerra: los esclavos eran el botín humano de los vencedores. Varios personajes famosos de la antigüedad fueron esclavizados; por ejemplo, Esopo el fabulista, Espartaco el rebelde e incluso San Patricio de Irlanda.
Poco después de que esclavizan a José, se desata en Canaán una hambruna y la familia de Jacob huye a Egipto, donde habían famosos graneros. Un asistente del faraón pone en una situación tan apremiante a los recién llegados que temen por sus vidas. Resulta que este funcionario importante es José, quien ha cumplido el contrato y ya es libre, pero al enterarse de la llegada de su familia ha decidido vengarse con otra broma. Una vez que se ha divertido con la jugarreta, José se hace reconocer como pariente y los ayuda a establecerse en Egipto.
Con el tiempo, durante muchos años, los parientes de José se reproducen y se asientan en Egipto y, según algunos nativos, ya hay demasiados hebreos en el mencionado país. Muchos están esclavizados y oprimidos. Guiado por Dios, uno de ellos, llamado Moisés, provoca la partida de los hebreos del país donde una vez fueron recibidos con hospitalidad; ese desacato al faraón termina siendo la primera revolución teocrática. De la noción bíblica de que Dios apoya la lucha por la dignidad humana han de surgir, muchos siglos después, corrientes de fe “liberadoras” o de liberación.
El relato del libro de Éxodo también narra un largo deambular por el desierto. Durante ese período, Dios revela su extensa ley, más allá de los Diez Mandamientos emitidos de Sinaí. Con el tiempo, vuelven a la tierra de Canaán, la cual había sido otorgada a Abraham ya sus descendientes.
No sabemos con certeza si Moisés fue un personaje histórico ni tampoco si lo que se narra sobre el éxodo hebreo en la Biblia ocurrió como se cuenta; mucho menos si fue como apareció en la película de Charlton Heston. Los arqueólogos modernos han hallado rastros de una tribu llamada “Hapirú” (¿Hebreos?), que partió de Egipto en una migración que duró más o menos un siglo, alrededor del año 1200 Antes de la Era Común.
Sea un hecho histórico o no, el éxodo desde y hacia a la Tierra Prometida es un arquetipo de la experiencia humana. Dejamos la casa de nuestros padres, a menudo por razones frívolas y equívocas, se dan consecuencias indeseables y tratamos de volver a casa, aunque sólo sea formando una familia propia en un nuevo hogar. O, en la fe, creemos que sabemos más que quienes nos enseñaron la fe y luego descubrimos que había un poco de sabiduría en lo que se nos dijo y volvemos, cambiados y quizás con un nuevo patrón de fe, al hogar de nuestras creencias.
Y en el portal del regreso es donde se encuentra el pueblo hebreo al morir Moisés, quien delega a Josué la entrada a Canaán y su posterior reconquista.
Los hijos mayores de Jacob, nacidos de Lía, se juntan en banda contra el penúltimo hermano, José, que es el más agraciado de la familia. José es, por cierto, el primogénito de la segunda, y más deseada, esposa de Jacob, Raquel. Los hermanos mayores no toleran a este José, a quien ven como canchero o demasiado listo, y lo venden como esclavo. En el relato bíblico, esto se presenta como si fuera una especie de broma de chicos en el patio de la escuela.
Hay que tomar en cuenta que la esclavitud, en la antigüedad y en la Biblia, era considerablemente más benigna que la deshumanizante “institución peculiar” en el sur de Estados Unidos hasta 1863 o la encomienda colonial hispanoamericana.
En la antigüedad, la mayoría de los esclavos era gente obligada a servir a otros por contrato temporario y funcionaba como la forma de pago de una deuda: el esclavo tenía que compensar mediante el trabajo el valor de la deuda, más algún beneficio. Otra vía hacia la esclavitud era la guerra: los esclavos eran el botín humano de los vencedores. Varios personajes famosos de la antigüedad fueron esclavizados; por ejemplo, Esopo el fabulista, Espartaco el rebelde e incluso San Patricio de Irlanda.
Poco después de que esclavizan a José, se desata en Canaán una hambruna y la familia de Jacob huye a Egipto, donde habían famosos graneros. Un asistente del faraón pone en una situación tan apremiante a los recién llegados que temen por sus vidas. Resulta que este funcionario importante es José, quien ha cumplido el contrato y ya es libre, pero al enterarse de la llegada de su familia ha decidido vengarse con otra broma. Una vez que se ha divertido con la jugarreta, José se hace reconocer como pariente y los ayuda a establecerse en Egipto.
Con el tiempo, durante muchos años, los parientes de José se reproducen y se asientan en Egipto y, según algunos nativos, ya hay demasiados hebreos en el mencionado país. Muchos están esclavizados y oprimidos. Guiado por Dios, uno de ellos, llamado Moisés, provoca la partida de los hebreos del país donde una vez fueron recibidos con hospitalidad; ese desacato al faraón termina siendo la primera revolución teocrática. De la noción bíblica de que Dios apoya la lucha por la dignidad humana han de surgir, muchos siglos después, corrientes de fe “liberadoras” o de liberación.
El relato del libro de Éxodo también narra un largo deambular por el desierto. Durante ese período, Dios revela su extensa ley, más allá de los Diez Mandamientos emitidos de Sinaí. Con el tiempo, vuelven a la tierra de Canaán, la cual había sido otorgada a Abraham ya sus descendientes.
No sabemos con certeza si Moisés fue un personaje histórico ni tampoco si lo que se narra sobre el éxodo hebreo en la Biblia ocurrió como se cuenta; mucho menos si fue como apareció en la película de Charlton Heston. Los arqueólogos modernos han hallado rastros de una tribu llamada “Hapirú” (¿Hebreos?), que partió de Egipto en una migración que duró más o menos un siglo, alrededor del año 1200 Antes de la Era Común.
Sea un hecho histórico o no, el éxodo desde y hacia a la Tierra Prometida es un arquetipo de la experiencia humana. Dejamos la casa de nuestros padres, a menudo por razones frívolas y equívocas, se dan consecuencias indeseables y tratamos de volver a casa, aunque sólo sea formando una familia propia en un nuevo hogar. O, en la fe, creemos que sabemos más que quienes nos enseñaron la fe y luego descubrimos que había un poco de sabiduría en lo que se nos dijo y volvemos, cambiados y quizás con un nuevo patrón de fe, al hogar de nuestras creencias.
Y en el portal del regreso es donde se encuentra el pueblo hebreo al morir Moisés, quien delega a Josué la entrada a Canaán y su posterior reconquista.
5 de marzo de 2017
Las tribus de Israel
La historia fundamental del pueblo que finalmente fue conocido por el nombre de Israel comienza con la historia de la familia de Abraham. Su único hijo Isaac (“el que ríe”) fue el padre de Jacob, quien, a su vez, fue padre de doce hijos cuyos nombres identifican a las doce tribus de Israel: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín.
Claro, esta relación tradicional omite detalles notables.
En primer lugar, un hijo de Isaac, Esaú, le vendió a Jacob, su hermano gemelo, la primogenitura por un plato de lentejas y Jacob engañó a su padre para obtener su beneplácito (Génesis 25: 29-34). Como veremos repetidamente, un patriarca debe incluso usar artimañas deshonestas para obtener el éxito, lo que importa es el resultado. Uno de los significados del nombre Jacob es “el que engaña”.
En segundo lugar, Jacob tuvo dos esposas a la vez que, además, eran hermanas: Lía, la mayor, tenía una mirada tierna; la menor, Raquel, era “esbelta y hermosa” (la historia completa está en Génesis 29). Además, no solo tuvo doce hijos, sino también, por lo menos, una hija. Lía le dio los primeros seis patriarcas; Raquel, los otros seis y, además, la única hija de Jacob mencionada en la Biblia, Dina, a la que no se considera ni fundadora ni matriarca de una tribu. Quizás sea porque Dina fue violada y su honor lo vengaron sus hermanos con la espada.
Además, algunos elementos secundarios de la narrativa bíblica ofrecen indicios que tienden a confirmar la suposición exegética moderna de que el pueblo de Israel fue siempre una nación multiétnica casi desde el principio, lo cual echa por tierra toda noción de los judíos como etnia. Los violadores de Dina, por ejemplo, eran hombres que deseaban convertirse en israelitas y los hermanos de la violada los atacaron cuando los violadores estaban recuperándose de la circuncisión.
La narrativa en torno a Jacob anticipa toda una variedad de episodios espeluznantes de violación y abuso contra las mujeres, a quienes se les trata esencialmente como posesión de los hombres. Jacob tuvo que trabajar para Labán, el padre de Raquel, para comprarla como cónyuge. Todo esto, por supuesto, es la fe premosaica, antes de los Diez Mandamientos.
De esa concepción provienen los episodios chocantes de la historia bíblica. Cuando me regalaron mi primera Biblia, a los 11 años, mi abuela puso el grito en el cielo, diciendo que la Biblia estaba repleta de historias demasiado escabrosas para un niño, lo que paradójicamente me impulsó a fisgonear en los líbros bíblicos para hallar lo prohibido. Sin embargo, toda la narrativa bíblica, aún con sus giros chocantes, sus patriarcas deshonestos y sus tramas poco beatas, persigue un tema común que se encierra en el nombre Israel, que significa “perseverar con Dios.”
Claro, esta relación tradicional omite detalles notables.
En primer lugar, un hijo de Isaac, Esaú, le vendió a Jacob, su hermano gemelo, la primogenitura por un plato de lentejas y Jacob engañó a su padre para obtener su beneplácito (Génesis 25: 29-34). Como veremos repetidamente, un patriarca debe incluso usar artimañas deshonestas para obtener el éxito, lo que importa es el resultado. Uno de los significados del nombre Jacob es “el que engaña”.
En segundo lugar, Jacob tuvo dos esposas a la vez que, además, eran hermanas: Lía, la mayor, tenía una mirada tierna; la menor, Raquel, era “esbelta y hermosa” (la historia completa está en Génesis 29). Además, no solo tuvo doce hijos, sino también, por lo menos, una hija. Lía le dio los primeros seis patriarcas; Raquel, los otros seis y, además, la única hija de Jacob mencionada en la Biblia, Dina, a la que no se considera ni fundadora ni matriarca de una tribu. Quizás sea porque Dina fue violada y su honor lo vengaron sus hermanos con la espada.
Además, algunos elementos secundarios de la narrativa bíblica ofrecen indicios que tienden a confirmar la suposición exegética moderna de que el pueblo de Israel fue siempre una nación multiétnica casi desde el principio, lo cual echa por tierra toda noción de los judíos como etnia. Los violadores de Dina, por ejemplo, eran hombres que deseaban convertirse en israelitas y los hermanos de la violada los atacaron cuando los violadores estaban recuperándose de la circuncisión.
La narrativa en torno a Jacob anticipa toda una variedad de episodios espeluznantes de violación y abuso contra las mujeres, a quienes se les trata esencialmente como posesión de los hombres. Jacob tuvo que trabajar para Labán, el padre de Raquel, para comprarla como cónyuge. Todo esto, por supuesto, es la fe premosaica, antes de los Diez Mandamientos.
De esa concepción provienen los episodios chocantes de la historia bíblica. Cuando me regalaron mi primera Biblia, a los 11 años, mi abuela puso el grito en el cielo, diciendo que la Biblia estaba repleta de historias demasiado escabrosas para un niño, lo que paradójicamente me impulsó a fisgonear en los líbros bíblicos para hallar lo prohibido. Sin embargo, toda la narrativa bíblica, aún con sus giros chocantes, sus patriarcas deshonestos y sus tramas poco beatas, persigue un tema común que se encierra en el nombre Israel, que significa “perseverar con Dios.”
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Jueces, Reyes, Profetas
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