Había una vez un hombre agazapado en el tejado de su casa durante una inundación. Rechazó la ayuda de un desconocido que pasaba en una canoa, de una familia en una balsa y hasta de un helicóptero de la Cruz Roja diciendo cada vez que Dios lo salvaría. Después de ahogarse, llegó al portal del cielo quejándose de que no había recibido la ayuda divina que había pedido. Al escuchar la queja, Dios se dirigió al hombre y le indicó que había enviado una canoa, una balsa y un helicóptero y él se negó a aceptar la ayuda.
Casi lo mismo sucede en el arco de la narrativa bíblica con los salvadores, dirigentes y portavoces que Dios envía a los antiguos hebreos a medida que entran y conquistan Canaán. Hasta Moisés, tenemos patriarcas. Fueron, literalmente, los sucesivos padres de los descendientes de Abraham.
En el momento en que regresan a Canaán, la tierra prometida, los hebreos (600.000 personas dice la Biblia, 600 familias dicen que los exegetas más caritativos) ya no son sólo los descendientes lineales de Abraham. Hay matrimonios con personas fuera de la tribu y convertidos a la fe.
La inducción al pueblo de Dios por el matrimonio se ilustra en la historia de Rut, la mujer moabita que se casó con el hijo de Noemí, Mahlón, y fue la abuela de David y antepasada de Jesús. La conversión aparece en la historia de Raab, la ramera de Jericó que Josué convenció de que fuese espía, y después fue acogida como miembro del pueblo hebreo. Tanto Rut como Raab son figuras especialmente significativas dado que la identidad hebrea en la antigüedad y judía en la actualidad, fue y sigue siendo transmitida por la madre.
Estas historias nos indican cómo evolucionaron los hebreos de un clan familiar sanguíneo a una confederación de tribus bajo la autoridad divina, y no a un grupo étnico o nacional. La unidad del pueblo hebreo radica en poner fe en Aquel cuya divinidad única se distingue de los otros dioses ajenos, a quien los hebreos se dirigen solo por el título, Adonai (Señor), y no por su nombre, a quien se respeta obedeciendo a su ley y no con mero culto. Gradualmente, adoptan para sí mismos el nombre colectivo de Israel, que significa “el que triunfa o prevalece con Dios”.
Una vez que los israelitas reciben de Moisés los primeros mandamientos fundamentales, Dios les envía tres tipos de guías: jueces, reyes y profetas. Son personajes que, aunque ahora describimos brevemente, aparecen a lo largo de los ocho siglos que le siguen a Moisés.
Los jueces gobernaron, aproximadamente, entre los siglos XII y X (Antes de la Era Común), comenzando con Josué, el sucesor de Moisés, elegido para conducir a los hebreos a la Tierra Prometida. En la Biblia figuran dieciséis jueces nombrados por mandato divino, que fueron dirigentes no elegidos y no hereditarios cuya autoridad era jurídica y militar.
Luego vienen los reyes del siglo IX al VI (AEC), primero en un solo reino unido, después en dos, que entran en crisis y finalmente sufren invasiones.
Durante el declive de la monarquía aparecen los profetas o intérpretes de los tiempos desde la perspectiva divina. Advierten, azuzan y, por último, al ver que sus congéneres no escuchan el mensaje divino, lamentan el gran desastre bíblico que fue la caída de los reinos y el subsiguiente cautiverio babilónico. Al final del cautiverio (alrededor del siglo V) viene una restauración de la fe que los une como pueblo, una realidad expresada en la primera compilación, el borrador de la Biblia hebrea.
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Jueces, Reyes, Profetas
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