No intento sustituir la lectura de la Biblia Hebrea, narrativa que Jesús, sus apóstoles y otros oyentes conocían como contexto de lo que eran y de lo que discutían. Lo que propongo es tratar algunos de los temas principales que aparecen una y otra vez en la saga bíblica.
La Fidelidad
La relación entre los descendientes de Abraham (a quienes la Biblia llama judíos, hebreos o Israel) y su Dios (Jehová o Yahvé) se narra poéticamente. Los profetas y salmistas hablan de su historia como la de un matrimonio entre una esposa a menudo caprichosa e infiel (Israel) y un marido fiel y constante (Dios) que siempre perdona, por amor, a la que ha elegido para siempre.
Muchos de los principales personajes bíblicos son desagradables, rebeldes y cometen fechorías. Algunos asesinan poblaciones enteras convencidos de que actúan en obediencia a una orden divina. Otros tratan de engañar a Dios. Algunos se emborrachan y cometen incesto.
Pero la razón por la cual se los considera héroes y heroínas es que, al fin y al cabo, vuelven al hogar de la fe y, después de todo, son fieles a Dios.
La Ley
Los Diez Mandamientos de Moisés son una pequeña parte de un código que, según la interpretación rabínica, consiste en unas 613 ordenanzas de origen divino. Éstas se hallan en los primeros cinco libros de la Biblia conocidos como el Pentateuco o Torá. Abarcan todos los aspectos de la "buena vida" que todo judío debe ajustarse.
Los rabinos no escribieron la ley o, por lo menos, nadie se ha atribuido semejante usurpación de la prerrogativa divina. Sin embargo, rabinos, profesores y estudiantes eruditos de la ley, recibieron la misión de aplicar la ley divina en circunstancias humanas y cotidianas. Y, a veces, esos intérpetes no estaban de acuerdo entre sí. Y escribieron sin cesar, tratando de ayudar a los piadosos, justamente temerosos de la ira divina.
Algunos se inspiraron en las enseñanzas de rabinos precristianos como Hillel, algunos de cuyos dichos se hallan en boca de Jesús. Los principales escritos rabínicos se recogen en el Talmud, un libro que no está en la Biblia, sino que fue compilado o escrito entre los siglos II y V de nuestra era.
La Profecía
Durante los dos mil años previos al nacimiento de Cristo, Dios envió a ciertas personas (en su mayoría hombres, pero figuran mujeres también) que interpretaron la voluntad divina para el Pueblo Elegido en momentos críticos. Algunos son conocidos formalmente como profetas, otros se presentaron bajo los títulos de juez o rey.
La profecía no es una cuestión de magia, no es predecir el futuro. La persona escogida para transmitir la voluntad divina que se aplique a ese momento en particular de manera decisiva a menudo advierte sobre las consecuencias del presente en el futuro.
Y, a veces, las historias de los profetas que se relatan son retrospectivas. A lo largo de los años, los autores bíblicos se dieron cuenta de la sagacidad de los profetas: “nos advirtieron que seríamos conquistados si no cambiábamos nuestro comportamiento ... ¡y así sucedió!”
La persona enviada suele ser alguien que inicalmente no genera confianza como mensajero divino. Moisés se crió como un príncipe egipcio adoptado por la reina y disfrutaba de todas las comodidades de la casa real. Jeremías se quejó ante Dios de que era demasiado joven para ser profeta. David había sido rey y adúltero antes de componer muchos de los salmos que se le atribuyen, quizás no todos.
En resumen, en la historia bíblica se representa un Pueblo Elegido, los antepasados de Jesús, que, al fin y al cabo, es fiel, obediente y profético. En los evangelios, se insiste constantemente en que Jesús solo vino a realizar la promesa implícita en la elección divina de la fidelidad, la ley y los profetas.