29 de enero de 2017

La gente de Yeshua

Comenzaré repitiendo que al famoso joven ebanista de Nazaret, que hoy es el puntal de la fe cristiana, se lo conocía por el nombre de Yeshua ben Yosif (Josué hijo de José). Lo hago para subrayar que no se puede siquiera comenzar a comprender la “buena nueva” cristiana sin hacer referencia a la historia precristiana del pueblo hebreo.

No intento sustituir la lectura de la Biblia Hebrea, narrativa que Jesús, sus apóstoles y otros oyentes conocían como contexto de lo que eran y de lo que discutían. Lo que propongo es tratar algunos de los temas principales que aparecen una y otra vez en la saga bíblica.

La Fidelidad


La relación entre los descendientes de Abraham (a quienes la Biblia llama judíos, hebreos o Israel) y su Dios (Jehová o Yahvé) se narra poéticamente. Los profetas y salmistas hablan de su historia como la de un matrimonio entre una esposa a menudo caprichosa e infiel (Israel) y un marido fiel y constante (Dios) que siempre perdona, por amor, a la que ha elegido para siempre.

Muchos de los principales personajes bíblicos son desagradables, rebeldes y cometen fechorías. Algunos asesinan poblaciones enteras convencidos de que actúan en obediencia a una orden divina. Otros tratan de engañar a Dios. Algunos se emborrachan y cometen incesto.

Pero la razón por la cual se los considera héroes y heroínas es que, al fin y al cabo, vuelven al hogar de la fe y, después de todo, son fieles a Dios.

La Ley


Los Diez Mandamientos de Moisés son una pequeña parte de un código que, según la interpretación rabínica, consiste en unas 613 ordenanzas de origen divino. Éstas se hallan en los primeros cinco libros de la Biblia conocidos como el Pentateuco o Torá. Abarcan todos los aspectos de la "buena vida" que todo judío debe ajustarse.

Los rabinos no escribieron la ley o, por lo menos, nadie se ha atribuido semejante usurpación de la prerrogativa divina. Sin embargo, rabinos, profesores y estudiantes eruditos de la ley, recibieron la misión de aplicar la ley divina en circunstancias humanas y cotidianas. Y, a veces, esos intérpetes no estaban de acuerdo entre sí. Y escribieron sin cesar, tratando de ayudar a los piadosos, justamente temerosos de la ira divina.

Algunos se inspiraron en las enseñanzas de rabinos precristianos como Hillel, algunos de cuyos dichos se hallan en boca de Jesús. Los principales escritos rabínicos se recogen en el Talmud, un libro que no está en la Biblia, sino que fue compilado o escrito entre los siglos II y V de nuestra era.

La Profecía


Durante los dos mil años previos al nacimiento de Cristo, Dios envió a ciertas personas (en su mayoría hombres, pero figuran mujeres también) que interpretaron la voluntad divina para el Pueblo Elegido en momentos críticos. Algunos son conocidos formalmente como profetas, otros se presentaron bajo los títulos de juez o rey.

La profecía no es una cuestión de magia, no es predecir el futuro. La persona escogida para transmitir la voluntad divina que se aplique a ese momento en particular de manera decisiva a menudo advierte sobre las consecuencias del presente en el futuro.

Y, a veces, las historias de los profetas que se relatan son retrospectivas. A lo largo de los años, los autores bíblicos se dieron cuenta de la sagacidad de los profetas: “nos advirtieron que seríamos conquistados si no cambiábamos nuestro comportamiento ... ¡y así sucedió!”

La persona enviada suele ser alguien que inicalmente no genera confianza como mensajero divino. Moisés se crió como un príncipe egipcio adoptado por la reina y disfrutaba de todas las comodidades de la casa real. Jeremías se quejó ante Dios de que era demasiado joven para ser profeta. David había sido rey y adúltero antes de componer muchos de los salmos que se le atribuyen, quizás no todos.

En resumen, en la historia bíblica se representa un Pueblo Elegido, los antepasados de Jesús, que, al fin y al cabo, es fiel, obediente y profético. En los evangelios, se insiste constantemente en que Jesús solo vino a realizar la promesa implícita en la elección divina de la fidelidad, la ley y los profetas.

22 de enero de 2017

Zarzas Ardientes


En algún lugar de ese mundo creado bueno y luego desfigurado por los hombres, surgieron personajes que, de alguna manera, lograron escuchar la voz de Dios. Abraham, Moisés, Jeremías, los patriarcas y profetas, Jesús, los apóstoles y varias personas que hoy, se estima, están en la presencia de Dios después de vivir una vida como la que conocemos.

Aprovecho la imagen de la zarza ardiente, de la que provino la voz que decía ser la de Dios escuchada por Moisés, como una metáfora apropiada de escuchar a y hablar con Dios.

Sí, conozco la broma de que hablar con Dios es oración, mientras que escuchar a Dios es síntoma de esquizofrenia. Soy un hombre moderno y no desdeño la ciencia; sólo propongo que la ciencia todavía no lo sabe todo. Científicamente, Dios es profundamente inobservable y, en consecuencia, todo lo concierne a lo divino no puede ser objeto de un análisis empírico.

Por lo tanto, invito al lector, como lo hubiera hecho Rod Serling, a entrar a una dimensión desconocida de la fe. Dudo que Abraham, Moisés, Jesús y sus amigos escucharan la voz de Dios como escuchamos la voz de un amigo por teléfono. Ni siquiera sabían lo que era un teléfono.

Paracientíficos como Erich von Daniken han propuesto pseudoexplicaciones que suenan a ciencia ficción: por ejemplo, el Tabernáculo de los antiguos hebreos, del que, supuestamente, provenía una voz divina (aunque esto estaba reservado a los sacerdotes y rabinos), era, en realidad, una radio que habían dejado los extraterrestres.

Consideremos una explicación distinta.

Abraham, Moisés, Jesús y compañía, como Gautama Buda, Mahoma, Zoroastro, Lao-Tse y así sucesivamente, todos los varones de túnica que hablaban con una sabiduría que parecía divina, eran hombres de oración y profunda meditación. Hombres que, de alguna manera distintiva, buscaban un camino intuitivo hacia la Verdad en momentos de mucha ignorancia empírica o racional.

¿Nos es totalmente imposible imaginar una búsqueda espiritual (que, sí, quizás en términos científicos modernos sea sólo un choque de sustancias químicas creadas en las mentes, también creadas) de la que resulte una experiencia inefable que comunique una meta, un mandamiento, una sensación de paz y una certeza superior a cualquier explicación cotidiana y racional, que lleve a la convicción de que se ha escuchado la voz divina?

Dios se les apareció a Samuel y Daniel en sueños, a Moisés en una zarza ardiente, a Jesús en su bautismo como una voz escuchada sólo por aquellos que esperaban una voz divina, a los santos y apóstoles como apariciones. Elías descubre que Dios está en el silencio y en la tranquilidad de viento que amaina. Jeremías no puede disuadir a Dios de que él mismo es demasiado joven y torpe para ser profeta.

Lo que aparece en todos los casos es una comunicación inefable, que transforma la vida, que se reconoce como divina y sin apelación. Cuando Dios habla, sólo se puede obedecer o desobedecer. No se puede ver el rostro de Dios y sólo se debe creer a través de las maravillas de Dios (e incluso sin ellas).

Dios se expresa en adivinanzas a veces, hace exigencias absurdas y curiosas.

Dios habla a menudo de lo que ya está en la mente de la persona, casi como la confirmación de un camino ya elegido. El padre de Abraham es el primero en llegar a la idea de que él, Lot y sus esposas deberían mudarse a Canaán. Entonces Dios llama a Abraham, le dice que debe hacerlo y hace su pacto. (Ver Génesis al final del capítulo 11 y principios del 12.)

No es magia. No es engaño. Es la voz de Dios.

15 de enero de 2017

Expulsados del Edén

La segunda parte de la historia de la creación el Génesis intenta explicar porqué el mundo es un desastre moral, especialmente teniendo en cuenta que cuando todo fue creado Dios vio a un universo “que era bueno” (Génesis 1:10).

El tema moral de Edén evoca un poema de James Joyce:

   … Del oscuro pasado
    Un niño nace;
    Con alegría y el dolor
    Mi corazón está desgarrado. …

¿No es así con todos los nacimientos? No comenzamos como pizarras en blanco, “inocentes” supuestamente. Y, sin embargo, los bebés tienen exigencias que los vuelven profundamente egocéntricos. Además ¿qué será de ese plácido bebé cuando sea grande? ¿Descubrirá una vacuna o causará genocidio?

En Génesis capítulos 2 y 3 se presenta la creación de Adán a quien Dios lo pone en el Jardín (o huerto) de Edén. Adán es un nombre propio masculino en hebreo, pero cuando se le antepone un artículo significa “el humano”.

Le sigue a Adán su compañera, Eva, en hebreo Havva,  significa “ser que vive” o “fuente de vida”. Y acaece que en Edén ambos caen en la tentación de comer del fruto del Árbol del Bien y del Mal, que Dios les había prohibido y descubren su desnudez.

Es una narración mitológica, que al igual que la de la creación y el diluvio universal, proviene de mitos sumerios y acadios. (El idioma semita acadio más o menos lo mismo al hebreo que el latín es al castellano.) La intención es explicar el origen de la inmoralidad, o el mal.

El problema del mal persigue a la fe. ¿Cómo puede haber X mal si hay un Dios bueno? “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender”, le exige Dios a Job (Job 38:4).

San Agustín (354-430), obispo de Hipona, en el norte de África, y el primer filósofo cristiano de envergadura, se remite a la palabra “concupiscencia” (del latín, con deseo) para describir el problema personal del mal.

De ahí vino el tradicional “pecado original”. La idea es más o menos similar a lo que enseñaba Sidarta Gautama, conocido como el Buda, alrededor del siglo IV antes de la era común.

Brevemente, el Buda enseña que en la vida terrenal estamos atrapados en Samsara, un vagabundeo perpetuo y cíclico que, en las raíces hinduistas del budismo, pasa a través de la muerte y la reencarnación. Estamos atrapados en este ciclo debido al deseo. ¡Concupiscencia!

Aunque las religiones más emparentadas al cristianismo, el islam y el judaísmo, carecen una enseñanza que denominan pecado original, ambas comparten con la fe cristiana la idea de un status quo ante, antes del mal, en la historia del Edén. En el hinduismo hay una versión más compleja y espiritual.

Lo esencial en el cristianismo, mencionado por San Ireneo (130-202), obispo de Lyons, en sus debates relativos a esta enseñanza, es parcialmente lo que sugiere el poema de Joyce: comenzamos con males ancestrales y heredados.

Algunos nacemos en mansiones, construidas y mantenidas por el sudor y el sufrimiento acumulado de los demás, transmutado en ganancias y dinero nuestros. Otros nacemos en chozas, como Jesús, sin un céntimo. Algunos nacen de señoras casadas que se emperifollan con pulcritud para ir a la iglesia todos los domingos, otros luchamos por salir al mundo de prostitutas drogadictas en lupanares.

Este no es el orden divino: esta es la injusticia humana y el error que hemos forjado engañándonos, pensando que somos árbitros morales a la par del Creador.

8 de enero de 2017

Dios creó

“Al principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1) no tenía para los autores bíblicos de hace varios miles de años el sentido que se le da hoy cuando se discute el comienzo del mundo en términos científicos. Los autores bíblicos sólo llegaron a comprender, sin evidencia científica, que había un Alguien que, en palabras de Paul Tillich, era fundamento del ser y el existir.

¿Un rayo? Viene de Dios. ¿Llanuras y montañas y ríos hasta más allá de lo que uno puede ver? Regalo de Dios.

La Biblia menciona a Dios, pero nunca describe al ser divino. Nadie ha visto el rostro de Dios, la Biblia declara repetidamente.

Los filósofos tienen diferentes versiones de Dios: creador, motor primario, o ente ficticio e inexistente.

Las personas de fe han tenido dioses, y finalmente a Dios, al cual no profesan conocer, pero de quien la intuición dice que siempre ha estado ahí. En algunas versiones de religiones antiguas, el mundo es un sueño de la Divinidad, en otras una secreción y en otras una gran explosión cósmica desmembró a Dios en el universo y todo es divino.

En nuestra tradición judeo-cristiana, Dios es el ser eterno necesario, de hecho, el único cuya esencia es la existencia. Dios es. Dios es la causa de todo y todos. Sin Dios, nada.

Pero todo eso vino después.

En Génesis, el primer libro de la Biblia, hallamos sólo una respuesta a la pregunta de cómo Dios hizo algo de la nada, que es el significado correcto y original del verbo “crear”.

Nos olvidamos de eso. Nos es grato dejarnos llevar por un romanticismo poético de pensarnos pequeños dioses, que “creamos” cosas, sobre todo en el arte, la música y la literatura. En realidad, no hay nada original. Todo es una elaboración de algo visto y escuchado, re-presentado de una manera quizás original o impensada por otros de nuestra época.

En cuanto a los cielos y la tierra, para los antiguos se asemejaban a un globo de agua. Estaban las aguas del mar y a su lado la tierra y las aguas de la bóveda del cielo, de la que colgaban estrellas, como adornos centelleantes en la noche.

“Dijo Dios: ‘Haya una bóveda en medio de las aguas, para que separe unas aguas de las otras’. Hizo Dios entonces como una bóveda y separó unas aguas de las otras: las que estaban por encima del firmamento, de las que estaban por debajo de él. Y así sucedió. Dios llamó a esta bóveda ‘Cielo’. Y atardeció y amaneció: fue el día Segundo. Dijo Dios: ‘Júntense las aguas de debajo de los cielos en un solo depósito, y aparezca el suelo seco’. Y así fue. Dios llamó al suelo seco ‘Tierra’ y al depósito de las aguas ‘Mares’. Y vio Dios que esto era bueno.” (Gn 1: 6-10).

No hay que imponer siglos de filosofía o la ciencia del siglo XXI a autores que no sabían ni de una uni de la otra. Creer en la creación divina no implica aceptar de manera literal las palabras exactas de Génesis, digan lo que digan.

La historia de la creación es un mito, lo cual no quiere decir que sea falso. La mitología es un recurso literario de quien intenta transmitir conceptos, de cuya verdad el autor está convencido, aún cuando no se pueden explicar racionalmente. En este caso el concepto es: Dios creó.

No se explica al detalle científico. Por eso es que se le denomina fe.

1 de enero de 2017

El principio

Se me ha pedido, al acercarse la confirmación de un adulto que conozco, que relate cómo se llegó a la presente doctrina cristiana, detalle por detalle, en orden histórico, con el fin de esclarecer las enseñanzas, la moral y los rituales. Es una tarea difícil y que me llevará algún tiempo, comenzar por el principio para finalizar en el presente de inicios de siglo XXI.

La historia cristiana empieza con un ebanista galileo que predicó ciertas enseñanzas e hizo algunas cosas y murió de una manera determinada y—¡oh, sorpresa!—resucitó de la muerte. Lo que sabemos, sin duda, de este hombre y sus seguidores es que eran judíos que predicaban a sus correligionarios judíos.

Por esta razón, el evangelio según Mateo comienza con una genealogía de Jesús (Mt. 1:1-16). Para Mateo (y, sí, el comité de escribas y redactores asociados con la iglesia de Antioquía) lo importante es mostrar que Jesús (¿Yeshua? ¿Yehoshua?) era de lo más judío que se podía ser.

Por lo tanto, el evangelista traza desde Abraham, patriarca arquetípico del pueblo judío y probablemente una figura histórica (aún cuando su paternidad genealógica no se aplique a todos los judíos hasta la fecha). Abraham engendró a Isaac, que engendró a Jacob, que engendró a Judas (no el Judas de Jesús), que engendró a Fares ... todos los engendros hasta Jacob (pero no el de Isaac), que engendró a José, “esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.”

Kristos (Cristo) es simplemente la palabra griega para “Mesías”, o Salvador, en hebreo. Es un apodo, no el apellido de Jesús. Al Jesús de Nazaret sus conocidos probablemente le decían Yeshua ben Yosif, Jesús hijo de José, según la costumbre de la época.

El evangelista Lucas, médico griego convertido a la fe por Pablo de Tarso, tiene un enfoque distinto. Lucas, un gentil, quiere transmitir la universalidad de Jesús, por lo que se remonta a Adán.

Mateo y Lucas, aunque difieren en algunas partes, pasan de Abraham por David. Para Jesús reclaman no sólo las raíces hebreas y humanas más antiguas, sino una ascendencia de la nobleza real.

El Evangelio de Marcos recoge la historia mucho más tarde, cuando Juan el Bautista y Jesús son hombres que dicen cosas inesperadas en público.

Juan, el último evangelio canónico, es decir, el último tradicionalmente aceptado como fiel a las enseñanzas de los primeros seguidores de Jesús, se remonta mucho más atrás que Lucas. Va al principio de todo: “Al principio era el Verbo”.

El más joven de los discípulos más allegados a Jesús, Juan probablemente declamó su versión a los escribas de la iglesia en la isla de Patmos, décadas después de los hechos. Comenzó cortando por lo sano al principio cósmico, Génesis 1:1, la primera frase de la Biblia: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Juan nos señala que Jesús, Verbo divino, estuvo presente en la creación, al principio de todo.

Jueces, Reyes, Profetas

Había una vez un hombre agazapado en el tejado de su casa durante una inundación. Rechazó la ayuda de un desconocido que pasaba en una canoa...