15 de enero de 2017

Expulsados del Edén

La segunda parte de la historia de la creación el Génesis intenta explicar porqué el mundo es un desastre moral, especialmente teniendo en cuenta que cuando todo fue creado Dios vio a un universo “que era bueno” (Génesis 1:10).

El tema moral de Edén evoca un poema de James Joyce:

   … Del oscuro pasado
    Un niño nace;
    Con alegría y el dolor
    Mi corazón está desgarrado. …

¿No es así con todos los nacimientos? No comenzamos como pizarras en blanco, “inocentes” supuestamente. Y, sin embargo, los bebés tienen exigencias que los vuelven profundamente egocéntricos. Además ¿qué será de ese plácido bebé cuando sea grande? ¿Descubrirá una vacuna o causará genocidio?

En Génesis capítulos 2 y 3 se presenta la creación de Adán a quien Dios lo pone en el Jardín (o huerto) de Edén. Adán es un nombre propio masculino en hebreo, pero cuando se le antepone un artículo significa “el humano”.

Le sigue a Adán su compañera, Eva, en hebreo Havva,  significa “ser que vive” o “fuente de vida”. Y acaece que en Edén ambos caen en la tentación de comer del fruto del Árbol del Bien y del Mal, que Dios les había prohibido y descubren su desnudez.

Es una narración mitológica, que al igual que la de la creación y el diluvio universal, proviene de mitos sumerios y acadios. (El idioma semita acadio más o menos lo mismo al hebreo que el latín es al castellano.) La intención es explicar el origen de la inmoralidad, o el mal.

El problema del mal persigue a la fe. ¿Cómo puede haber X mal si hay un Dios bueno? “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender”, le exige Dios a Job (Job 38:4).

San Agustín (354-430), obispo de Hipona, en el norte de África, y el primer filósofo cristiano de envergadura, se remite a la palabra “concupiscencia” (del latín, con deseo) para describir el problema personal del mal.

De ahí vino el tradicional “pecado original”. La idea es más o menos similar a lo que enseñaba Sidarta Gautama, conocido como el Buda, alrededor del siglo IV antes de la era común.

Brevemente, el Buda enseña que en la vida terrenal estamos atrapados en Samsara, un vagabundeo perpetuo y cíclico que, en las raíces hinduistas del budismo, pasa a través de la muerte y la reencarnación. Estamos atrapados en este ciclo debido al deseo. ¡Concupiscencia!

Aunque las religiones más emparentadas al cristianismo, el islam y el judaísmo, carecen una enseñanza que denominan pecado original, ambas comparten con la fe cristiana la idea de un status quo ante, antes del mal, en la historia del Edén. En el hinduismo hay una versión más compleja y espiritual.

Lo esencial en el cristianismo, mencionado por San Ireneo (130-202), obispo de Lyons, en sus debates relativos a esta enseñanza, es parcialmente lo que sugiere el poema de Joyce: comenzamos con males ancestrales y heredados.

Algunos nacemos en mansiones, construidas y mantenidas por el sudor y el sufrimiento acumulado de los demás, transmutado en ganancias y dinero nuestros. Otros nacemos en chozas, como Jesús, sin un céntimo. Algunos nacen de señoras casadas que se emperifollan con pulcritud para ir a la iglesia todos los domingos, otros luchamos por salir al mundo de prostitutas drogadictas en lupanares.

Este no es el orden divino: esta es la injusticia humana y el error que hemos forjado engañándonos, pensando que somos árbitros morales a la par del Creador.

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