“Al principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1) no tenía para los autores bíblicos de hace varios miles de años el sentido que se le da hoy cuando se discute el comienzo del mundo en términos científicos. Los autores bíblicos sólo llegaron a comprender, sin evidencia científica, que había un Alguien que, en palabras de Paul Tillich, era fundamento del ser y el existir.
¿Un rayo? Viene de Dios. ¿Llanuras y montañas y ríos hasta más allá de lo que uno puede ver? Regalo de Dios.
La Biblia menciona a Dios, pero nunca describe al ser divino. Nadie ha visto el rostro de Dios, la Biblia declara repetidamente.
Los filósofos tienen diferentes versiones de Dios: creador, motor primario, o ente ficticio e inexistente.
Las personas de fe han tenido dioses, y finalmente a Dios, al cual no profesan conocer, pero de quien la intuición dice que siempre ha estado ahí. En algunas versiones de religiones antiguas, el mundo es un sueño de la Divinidad, en otras una secreción y en otras una gran explosión cósmica desmembró a Dios en el universo y todo es divino.
En nuestra tradición judeo-cristiana, Dios es el ser eterno necesario, de hecho, el único cuya esencia es la existencia. Dios es. Dios es la causa de todo y todos. Sin Dios, nada.
Pero todo eso vino después.
En Génesis, el primer libro de la Biblia, hallamos sólo una respuesta a la pregunta de cómo Dios hizo algo de la nada, que es el significado correcto y original del verbo “crear”.
Nos olvidamos de eso. Nos es grato dejarnos llevar por un romanticismo poético de pensarnos pequeños dioses, que “creamos” cosas, sobre todo en el arte, la música y la literatura. En realidad, no hay nada original. Todo es una elaboración de algo visto y escuchado, re-presentado de una manera quizás original o impensada por otros de nuestra época.
En cuanto a los cielos y la tierra, para los antiguos se asemejaban a un globo de agua. Estaban las aguas del mar y a su lado la tierra y las aguas de la bóveda del cielo, de la que colgaban estrellas, como adornos centelleantes en la noche.
“Dijo Dios: ‘Haya una bóveda en medio de las aguas, para que separe unas aguas de las otras’. Hizo Dios entonces como una bóveda y separó unas aguas de las otras: las que estaban por encima del firmamento, de las que estaban por debajo de él. Y así sucedió. Dios llamó a esta bóveda ‘Cielo’. Y atardeció y amaneció: fue el día Segundo. Dijo Dios: ‘Júntense las aguas de debajo de los cielos en un solo depósito, y aparezca el suelo seco’. Y así fue. Dios llamó al suelo seco ‘Tierra’ y al depósito de las aguas ‘Mares’. Y vio Dios que esto era bueno.” (Gn 1: 6-10).
No hay que imponer siglos de filosofía o la ciencia del siglo XXI a autores que no sabían ni de una uni de la otra. Creer en la creación divina no implica aceptar de manera literal las palabras exactas de Génesis, digan lo que digan.
La historia de la creación es un mito, lo cual no quiere decir que sea falso. La mitología es un recurso literario de quien intenta transmitir conceptos, de cuya verdad el autor está convencido, aún cuando no se pueden explicar racionalmente. En este caso el concepto es: Dios creó.
No se explica al detalle científico. Por eso es que se le denomina fe.
8 de enero de 2017
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