En el camino a Canaán, en el Monte Sinaí (o Horeb), Moisés recibe las primeras leyes divinas fundamentales que conocemos como los Diez Mandamientos. Se considera que estos son los principios éticos esenciales del judaísmo y el cristianismo; vale la pena detenerse a revisarlos.
Aunque hay un consenso de que los mandamientos son diez, los textos (Éxodo 20: 2-17 y Deuteronomio 5: 6-21) distribuyen sus varios mandatos de manera distinta.
Los tres primeros mandamientos (o dos, según algunas versiones) se refieren a la relación humana con Dios. El primero exige una lealtad total a Adonai (hebreo, “Señor”) por encima de todos los dioses, sin la distracción de las imágenes. De no hacerlo, uno se expone al castigo divino que cae sobre los que dejan a Dios, que es celoso, mientras que la obediencia fiel es recompensada con gran misericordia.
El segundo exige respetar el nombre de Dios, que se refiere al poder de nombrar.
En algunos círculos ,este mandamiento se interpreta como la prohibición de escribir el santo nombre del Creador. Los rabinos y estudiosos bíblicos denominan a ese nombre el “tetragrámaton”, del griego que significa “cuatro letras”, generalmente transliteradas YHVH, o JHWH por académicos alemanes del siglo XIX, de lo cual deriva lo que en las traducciones modernas es Yahvéh o Jehováh, donde se agregan las vocales que no se escribían en el antiguo hebreo bíblico.
Probablemente, es más acertado interpretar el mandamiento como la prohibición de creer que se puede controlar a Dios. En la concepción bíblica, quien le pone nombre a un ser u objeto detenta poder y control sobre eso que nombra.
En Génesis, Dios le confiere a Adán dominio sobre todas las criaturas y el poder de darles nombre; esto se asemeja al poder que tienen los padres sobre los hijos aún hoy: los primeros son los que deciden el nombre por el que se les conocerá toda la vida que, en cierta forma, define psicológicamente la identidad propia. Implícita, además, en la prohibición de tomar el nombre divino en vano es la idea de que perjurar es un agravio al Creador, dado que invoca a Dios como testigo (la esencia bíblica de todo juramento) de una mentira.
En el tercer mandamiento, se da la norma de santificar (o mantener aparte) “el día de reposo” o “el día del Señor”. En la semana hebrea, el sábado se entendía como el séptimo día, aquel en el que Dios descansó después de la creación; la costumbre sabataria se transfirió al domingo cuando los cristianos comenzaron a reunirse para rememorar la resurrección de Jesús. Este mandamiento se ha interpretado como la base de una supuesta obligación de asistir a la sinagoga o a la iglesia, pero en el texto bíblico no hay mención explícita de semejante deber.
Los siete (u ocho) mandamientos restantes se refieren a las relaciones entre nosotros, los seres humanos. Comienzan con la del niño y sus padres. Los textos no definen el significado concreto de la “honra” a los padres. En su lugar, ofrecen una prescripción práctica que conlleva beneficios recíprocos: quien rinde homenaje a sus padres vivirá una larga vida y será, a su vez, honrado por sus hijos. En una variedad de interpretaciones bíblicas, rabínicas y eclesiásticas, aparece un paralelismo entre el honor debido a los padres biológicos y la honra a Dios, cuya obra creadora le confiere la paternidad universal.
El imperativo de no matar es específicamente contra el asesinato (retsach en hebreo). La palabra se usa en referencia a Abel, de quien Caín, su hermano, estaba tan celoso que lo mató (Génesis 4:8). También aparece cuando Moisés mata a un egipcio en represalia por matar a un esclavo hebreo (Éxodo 2: 11-12). Sin embargo, no se utiliza en la Biblia Hebrea para referirse a la matanza en una guerra y el texto bíblico distingue claramente entre el asesinato prohibido y la ejecución porque se exime del pecado al que mata como consecuencia de un crimen; de hecho, la pena capital aparece repetidamente como el castigo frente a una variedad de delitos, entre ellos el asesinato, por mandato bíblico.
Al adulterio, tema del siguiente mandamiento se lo definía, antes de Sinaí (Génesis 12:17 y 20: 3) y, más tarde, bajo la ley mosaica, como las relaciones sexuales entre una mujer casada y un hombre que no fuese su marido. La prohibición se centra en dos aspectos de lo que se entendía en tiempos bíblicos como derechos de propiedad: en primer lugar, refuerza el derecho del marido al usufructo sexual exclusivo de su esposa; en segundo lugar, previene contra la posibilidad de que la herencia del marido termine en manos de un niño (sólo los varones heredaban) engendrado por otro hombre, lo cual, efectivamente, se entendía como robo a los herederos sanguíneos del marido.
La teología moral católica amplió el concepto de adulterio para cubrir toda relación sexual fuera del matrimonio sacramental; en el protestantismo, por lo general, se refiere a las relaciones sexuales en las que, al menos un participante, hombre o mujer, está casado con otra persona.
Más allá de las interpretaciones cristianas, la injerencia del derecho de propiedad en la antigua concepción bíblica del adulterio se confirma en la amplitud de aquello a lo que se consideraba posesiones legítimas del hombre hebreo. En el mandamiento que le sigue, contra el robo, la proscripción se ampliaba e incluia la esclavización de un hebreo con fines de lucro, interpretado como el robo de la posesión de la libertad.
Le sigue la orden que prohíbe el falso testimonio contra el prójimo (entendido como cualquier persona con la que un hebreo podía entrar en contacto), que, una vez más, prohíbe perjurar.
El mandato contra la codicia, que en algunas versiones son dos mandamientos y en otras solo uno es la única instancia de un principios ético sobre las relaciones humanas que prohíbe cierto tipo de pensamiento, emoción o disposición. Se debate si el verbo “codiciar” es una traducción acertada. El hebreo es chamad, que puede ser “sentir lascivia” y “desear vigorosamente”. El rabino medieval español Maimónides ofreció la interpretación generalmente aceptada de que la prohibición pone distancia preventiva entre el creyente y el robo, adulterio y asesinato.
Para finalizar, debe entenderse que estos mandamientos se presentan como parte de un trato entre Dios, liberador de Egipto, y el pueblo hebreo. El texto implica que Dios dice: “Yo los liberé de la servidumbre en Egipto y, a cambio, ustedes deben cumplir mis reglas”.
Los hebreos de la antigüedad no concebían los mandamientos como reglas morales universales. En la noción hebrea, el pueblo judío está comprometido a cumplir los Diez Mandamientos, o Decálogo, y otras 603 leyes de la Torá, incluso algunas de menor peso moral, como las leyes dietéticas o kashrut.
Desde el mismo punto de vista, los Gentiles, o sea, casi toda la humanidad, sólo están obligados a cumplir las Siete Leyes de Noé, que combinan las seis ordenanzas de Dios a Adán en Edén (Génesis 2: 16-25), más un añadido en el pacto con Noé después del diluvio (Génesis 9). Se prohíben la idolatría, el asesinato, el robo, la fornicación, la blasfemia y comer la carne de un animal vivo; además, la ley ordena el establecimiento y mantenimiento de tribunales que administren el reparo por la mala conducta ajena.
En la concepción cristiana, los Diez Mandamientos fueron injertados como parte de la fe en Jesucristo, quien profesó que no había venido a abolir la Ley de Moisés, sino a cumplirla. Como veremos más adelante, la fe cristiana no es en el fondo una cuestión de reglas.
20 de marzo de 2017
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