Había una vez un hombre agazapado en el tejado de su casa durante una inundación. Rechazó la ayuda de un desconocido que pasaba en una canoa, de una familia en una balsa y hasta de un helicóptero de la Cruz Roja diciendo cada vez que Dios lo salvaría. Después de ahogarse, llegó al portal del cielo quejándose de que no había recibido la ayuda divina que había pedido. Al escuchar la queja, Dios se dirigió al hombre y le indicó que había enviado una canoa, una balsa y un helicóptero y él se negó a aceptar la ayuda.
Casi lo mismo sucede en el arco de la narrativa bíblica con los salvadores, dirigentes y portavoces que Dios envía a los antiguos hebreos a medida que entran y conquistan Canaán. Hasta Moisés, tenemos patriarcas. Fueron, literalmente, los sucesivos padres de los descendientes de Abraham.
En el momento en que regresan a Canaán, la tierra prometida, los hebreos (600.000 personas dice la Biblia, 600 familias dicen que los exegetas más caritativos) ya no son sólo los descendientes lineales de Abraham. Hay matrimonios con personas fuera de la tribu y convertidos a la fe.
La inducción al pueblo de Dios por el matrimonio se ilustra en la historia de Rut, la mujer moabita que se casó con el hijo de Noemí, Mahlón, y fue la abuela de David y antepasada de Jesús. La conversión aparece en la historia de Raab, la ramera de Jericó que Josué convenció de que fuese espía, y después fue acogida como miembro del pueblo hebreo. Tanto Rut como Raab son figuras especialmente significativas dado que la identidad hebrea en la antigüedad y judía en la actualidad, fue y sigue siendo transmitida por la madre.
Estas historias nos indican cómo evolucionaron los hebreos de un clan familiar sanguíneo a una confederación de tribus bajo la autoridad divina, y no a un grupo étnico o nacional. La unidad del pueblo hebreo radica en poner fe en Aquel cuya divinidad única se distingue de los otros dioses ajenos, a quien los hebreos se dirigen solo por el título, Adonai (Señor), y no por su nombre, a quien se respeta obedeciendo a su ley y no con mero culto. Gradualmente, adoptan para sí mismos el nombre colectivo de Israel, que significa “el que triunfa o prevalece con Dios”.
Una vez que los israelitas reciben de Moisés los primeros mandamientos fundamentales, Dios les envía tres tipos de guías: jueces, reyes y profetas. Son personajes que, aunque ahora describimos brevemente, aparecen a lo largo de los ocho siglos que le siguen a Moisés.
Los jueces gobernaron, aproximadamente, entre los siglos XII y X (Antes de la Era Común), comenzando con Josué, el sucesor de Moisés, elegido para conducir a los hebreos a la Tierra Prometida. En la Biblia figuran dieciséis jueces nombrados por mandato divino, que fueron dirigentes no elegidos y no hereditarios cuya autoridad era jurídica y militar.
Luego vienen los reyes del siglo IX al VI (AEC), primero en un solo reino unido, después en dos, que entran en crisis y finalmente sufren invasiones.
Durante el declive de la monarquía aparecen los profetas o intérpretes de los tiempos desde la perspectiva divina. Advierten, azuzan y, por último, al ver que sus congéneres no escuchan el mensaje divino, lamentan el gran desastre bíblico que fue la caída de los reinos y el subsiguiente cautiverio babilónico. Al final del cautiverio (alrededor del siglo V) viene una restauración de la fe que los une como pueblo, una realidad expresada en la primera compilación, el borrador de la Biblia hebrea.
27 de marzo de 2017
20 de marzo de 2017
Sinaí
En el camino a Canaán, en el Monte Sinaí (o Horeb), Moisés recibe las primeras leyes divinas fundamentales que conocemos como los Diez Mandamientos. Se considera que estos son los principios éticos esenciales del judaísmo y el cristianismo; vale la pena detenerse a revisarlos.
Aunque hay un consenso de que los mandamientos son diez, los textos (Éxodo 20: 2-17 y Deuteronomio 5: 6-21) distribuyen sus varios mandatos de manera distinta.
Los tres primeros mandamientos (o dos, según algunas versiones) se refieren a la relación humana con Dios. El primero exige una lealtad total a Adonai (hebreo, “Señor”) por encima de todos los dioses, sin la distracción de las imágenes. De no hacerlo, uno se expone al castigo divino que cae sobre los que dejan a Dios, que es celoso, mientras que la obediencia fiel es recompensada con gran misericordia.
El segundo exige respetar el nombre de Dios, que se refiere al poder de nombrar.
En algunos círculos ,este mandamiento se interpreta como la prohibición de escribir el santo nombre del Creador. Los rabinos y estudiosos bíblicos denominan a ese nombre el “tetragrámaton”, del griego que significa “cuatro letras”, generalmente transliteradas YHVH, o JHWH por académicos alemanes del siglo XIX, de lo cual deriva lo que en las traducciones modernas es Yahvéh o Jehováh, donde se agregan las vocales que no se escribían en el antiguo hebreo bíblico.
Probablemente, es más acertado interpretar el mandamiento como la prohibición de creer que se puede controlar a Dios. En la concepción bíblica, quien le pone nombre a un ser u objeto detenta poder y control sobre eso que nombra.
En Génesis, Dios le confiere a Adán dominio sobre todas las criaturas y el poder de darles nombre; esto se asemeja al poder que tienen los padres sobre los hijos aún hoy: los primeros son los que deciden el nombre por el que se les conocerá toda la vida que, en cierta forma, define psicológicamente la identidad propia. Implícita, además, en la prohibición de tomar el nombre divino en vano es la idea de que perjurar es un agravio al Creador, dado que invoca a Dios como testigo (la esencia bíblica de todo juramento) de una mentira.
En el tercer mandamiento, se da la norma de santificar (o mantener aparte) “el día de reposo” o “el día del Señor”. En la semana hebrea, el sábado se entendía como el séptimo día, aquel en el que Dios descansó después de la creación; la costumbre sabataria se transfirió al domingo cuando los cristianos comenzaron a reunirse para rememorar la resurrección de Jesús. Este mandamiento se ha interpretado como la base de una supuesta obligación de asistir a la sinagoga o a la iglesia, pero en el texto bíblico no hay mención explícita de semejante deber.
Los siete (u ocho) mandamientos restantes se refieren a las relaciones entre nosotros, los seres humanos. Comienzan con la del niño y sus padres. Los textos no definen el significado concreto de la “honra” a los padres. En su lugar, ofrecen una prescripción práctica que conlleva beneficios recíprocos: quien rinde homenaje a sus padres vivirá una larga vida y será, a su vez, honrado por sus hijos. En una variedad de interpretaciones bíblicas, rabínicas y eclesiásticas, aparece un paralelismo entre el honor debido a los padres biológicos y la honra a Dios, cuya obra creadora le confiere la paternidad universal.
El imperativo de no matar es específicamente contra el asesinato (retsach en hebreo). La palabra se usa en referencia a Abel, de quien Caín, su hermano, estaba tan celoso que lo mató (Génesis 4:8). También aparece cuando Moisés mata a un egipcio en represalia por matar a un esclavo hebreo (Éxodo 2: 11-12). Sin embargo, no se utiliza en la Biblia Hebrea para referirse a la matanza en una guerra y el texto bíblico distingue claramente entre el asesinato prohibido y la ejecución porque se exime del pecado al que mata como consecuencia de un crimen; de hecho, la pena capital aparece repetidamente como el castigo frente a una variedad de delitos, entre ellos el asesinato, por mandato bíblico.
Al adulterio, tema del siguiente mandamiento se lo definía, antes de Sinaí (Génesis 12:17 y 20: 3) y, más tarde, bajo la ley mosaica, como las relaciones sexuales entre una mujer casada y un hombre que no fuese su marido. La prohibición se centra en dos aspectos de lo que se entendía en tiempos bíblicos como derechos de propiedad: en primer lugar, refuerza el derecho del marido al usufructo sexual exclusivo de su esposa; en segundo lugar, previene contra la posibilidad de que la herencia del marido termine en manos de un niño (sólo los varones heredaban) engendrado por otro hombre, lo cual, efectivamente, se entendía como robo a los herederos sanguíneos del marido.
La teología moral católica amplió el concepto de adulterio para cubrir toda relación sexual fuera del matrimonio sacramental; en el protestantismo, por lo general, se refiere a las relaciones sexuales en las que, al menos un participante, hombre o mujer, está casado con otra persona.
Más allá de las interpretaciones cristianas, la injerencia del derecho de propiedad en la antigua concepción bíblica del adulterio se confirma en la amplitud de aquello a lo que se consideraba posesiones legítimas del hombre hebreo. En el mandamiento que le sigue, contra el robo, la proscripción se ampliaba e incluia la esclavización de un hebreo con fines de lucro, interpretado como el robo de la posesión de la libertad.
Le sigue la orden que prohíbe el falso testimonio contra el prójimo (entendido como cualquier persona con la que un hebreo podía entrar en contacto), que, una vez más, prohíbe perjurar.
El mandato contra la codicia, que en algunas versiones son dos mandamientos y en otras solo uno es la única instancia de un principios ético sobre las relaciones humanas que prohíbe cierto tipo de pensamiento, emoción o disposición. Se debate si el verbo “codiciar” es una traducción acertada. El hebreo es chamad, que puede ser “sentir lascivia” y “desear vigorosamente”. El rabino medieval español Maimónides ofreció la interpretación generalmente aceptada de que la prohibición pone distancia preventiva entre el creyente y el robo, adulterio y asesinato.
Para finalizar, debe entenderse que estos mandamientos se presentan como parte de un trato entre Dios, liberador de Egipto, y el pueblo hebreo. El texto implica que Dios dice: “Yo los liberé de la servidumbre en Egipto y, a cambio, ustedes deben cumplir mis reglas”.
Los hebreos de la antigüedad no concebían los mandamientos como reglas morales universales. En la noción hebrea, el pueblo judío está comprometido a cumplir los Diez Mandamientos, o Decálogo, y otras 603 leyes de la Torá, incluso algunas de menor peso moral, como las leyes dietéticas o kashrut.
Desde el mismo punto de vista, los Gentiles, o sea, casi toda la humanidad, sólo están obligados a cumplir las Siete Leyes de Noé, que combinan las seis ordenanzas de Dios a Adán en Edén (Génesis 2: 16-25), más un añadido en el pacto con Noé después del diluvio (Génesis 9). Se prohíben la idolatría, el asesinato, el robo, la fornicación, la blasfemia y comer la carne de un animal vivo; además, la ley ordena el establecimiento y mantenimiento de tribunales que administren el reparo por la mala conducta ajena.
En la concepción cristiana, los Diez Mandamientos fueron injertados como parte de la fe en Jesucristo, quien profesó que no había venido a abolir la Ley de Moisés, sino a cumplirla. Como veremos más adelante, la fe cristiana no es en el fondo una cuestión de reglas.
Aunque hay un consenso de que los mandamientos son diez, los textos (Éxodo 20: 2-17 y Deuteronomio 5: 6-21) distribuyen sus varios mandatos de manera distinta.
Los tres primeros mandamientos (o dos, según algunas versiones) se refieren a la relación humana con Dios. El primero exige una lealtad total a Adonai (hebreo, “Señor”) por encima de todos los dioses, sin la distracción de las imágenes. De no hacerlo, uno se expone al castigo divino que cae sobre los que dejan a Dios, que es celoso, mientras que la obediencia fiel es recompensada con gran misericordia.
El segundo exige respetar el nombre de Dios, que se refiere al poder de nombrar.
En algunos círculos ,este mandamiento se interpreta como la prohibición de escribir el santo nombre del Creador. Los rabinos y estudiosos bíblicos denominan a ese nombre el “tetragrámaton”, del griego que significa “cuatro letras”, generalmente transliteradas YHVH, o JHWH por académicos alemanes del siglo XIX, de lo cual deriva lo que en las traducciones modernas es Yahvéh o Jehováh, donde se agregan las vocales que no se escribían en el antiguo hebreo bíblico.
Probablemente, es más acertado interpretar el mandamiento como la prohibición de creer que se puede controlar a Dios. En la concepción bíblica, quien le pone nombre a un ser u objeto detenta poder y control sobre eso que nombra.
En Génesis, Dios le confiere a Adán dominio sobre todas las criaturas y el poder de darles nombre; esto se asemeja al poder que tienen los padres sobre los hijos aún hoy: los primeros son los que deciden el nombre por el que se les conocerá toda la vida que, en cierta forma, define psicológicamente la identidad propia. Implícita, además, en la prohibición de tomar el nombre divino en vano es la idea de que perjurar es un agravio al Creador, dado que invoca a Dios como testigo (la esencia bíblica de todo juramento) de una mentira.
En el tercer mandamiento, se da la norma de santificar (o mantener aparte) “el día de reposo” o “el día del Señor”. En la semana hebrea, el sábado se entendía como el séptimo día, aquel en el que Dios descansó después de la creación; la costumbre sabataria se transfirió al domingo cuando los cristianos comenzaron a reunirse para rememorar la resurrección de Jesús. Este mandamiento se ha interpretado como la base de una supuesta obligación de asistir a la sinagoga o a la iglesia, pero en el texto bíblico no hay mención explícita de semejante deber.
Los siete (u ocho) mandamientos restantes se refieren a las relaciones entre nosotros, los seres humanos. Comienzan con la del niño y sus padres. Los textos no definen el significado concreto de la “honra” a los padres. En su lugar, ofrecen una prescripción práctica que conlleva beneficios recíprocos: quien rinde homenaje a sus padres vivirá una larga vida y será, a su vez, honrado por sus hijos. En una variedad de interpretaciones bíblicas, rabínicas y eclesiásticas, aparece un paralelismo entre el honor debido a los padres biológicos y la honra a Dios, cuya obra creadora le confiere la paternidad universal.
El imperativo de no matar es específicamente contra el asesinato (retsach en hebreo). La palabra se usa en referencia a Abel, de quien Caín, su hermano, estaba tan celoso que lo mató (Génesis 4:8). También aparece cuando Moisés mata a un egipcio en represalia por matar a un esclavo hebreo (Éxodo 2: 11-12). Sin embargo, no se utiliza en la Biblia Hebrea para referirse a la matanza en una guerra y el texto bíblico distingue claramente entre el asesinato prohibido y la ejecución porque se exime del pecado al que mata como consecuencia de un crimen; de hecho, la pena capital aparece repetidamente como el castigo frente a una variedad de delitos, entre ellos el asesinato, por mandato bíblico.
Al adulterio, tema del siguiente mandamiento se lo definía, antes de Sinaí (Génesis 12:17 y 20: 3) y, más tarde, bajo la ley mosaica, como las relaciones sexuales entre una mujer casada y un hombre que no fuese su marido. La prohibición se centra en dos aspectos de lo que se entendía en tiempos bíblicos como derechos de propiedad: en primer lugar, refuerza el derecho del marido al usufructo sexual exclusivo de su esposa; en segundo lugar, previene contra la posibilidad de que la herencia del marido termine en manos de un niño (sólo los varones heredaban) engendrado por otro hombre, lo cual, efectivamente, se entendía como robo a los herederos sanguíneos del marido.
La teología moral católica amplió el concepto de adulterio para cubrir toda relación sexual fuera del matrimonio sacramental; en el protestantismo, por lo general, se refiere a las relaciones sexuales en las que, al menos un participante, hombre o mujer, está casado con otra persona.
Más allá de las interpretaciones cristianas, la injerencia del derecho de propiedad en la antigua concepción bíblica del adulterio se confirma en la amplitud de aquello a lo que se consideraba posesiones legítimas del hombre hebreo. En el mandamiento que le sigue, contra el robo, la proscripción se ampliaba e incluia la esclavización de un hebreo con fines de lucro, interpretado como el robo de la posesión de la libertad.
Le sigue la orden que prohíbe el falso testimonio contra el prójimo (entendido como cualquier persona con la que un hebreo podía entrar en contacto), que, una vez más, prohíbe perjurar.
El mandato contra la codicia, que en algunas versiones son dos mandamientos y en otras solo uno es la única instancia de un principios ético sobre las relaciones humanas que prohíbe cierto tipo de pensamiento, emoción o disposición. Se debate si el verbo “codiciar” es una traducción acertada. El hebreo es chamad, que puede ser “sentir lascivia” y “desear vigorosamente”. El rabino medieval español Maimónides ofreció la interpretación generalmente aceptada de que la prohibición pone distancia preventiva entre el creyente y el robo, adulterio y asesinato.
Para finalizar, debe entenderse que estos mandamientos se presentan como parte de un trato entre Dios, liberador de Egipto, y el pueblo hebreo. El texto implica que Dios dice: “Yo los liberé de la servidumbre en Egipto y, a cambio, ustedes deben cumplir mis reglas”.
Los hebreos de la antigüedad no concebían los mandamientos como reglas morales universales. En la noción hebrea, el pueblo judío está comprometido a cumplir los Diez Mandamientos, o Decálogo, y otras 603 leyes de la Torá, incluso algunas de menor peso moral, como las leyes dietéticas o kashrut.
Desde el mismo punto de vista, los Gentiles, o sea, casi toda la humanidad, sólo están obligados a cumplir las Siete Leyes de Noé, que combinan las seis ordenanzas de Dios a Adán en Edén (Génesis 2: 16-25), más un añadido en el pacto con Noé después del diluvio (Génesis 9). Se prohíben la idolatría, el asesinato, el robo, la fornicación, la blasfemia y comer la carne de un animal vivo; además, la ley ordena el establecimiento y mantenimiento de tribunales que administren el reparo por la mala conducta ajena.
En la concepción cristiana, los Diez Mandamientos fueron injertados como parte de la fe en Jesucristo, quien profesó que no había venido a abolir la Ley de Moisés, sino a cumplirla. Como veremos más adelante, la fe cristiana no es en el fondo una cuestión de reglas.
12 de marzo de 2017
Éxodo y Retorno
A estas tribus de Israel fundadas por Jacob les acaecen dos episodios de enorme importancia simbólica. Ambas son emblemáticas de la relación que la tradición bíblica tiene en mente para Israel y para todos, con Dios. Primero ocurre una partida del “hogar”; segundo, viene el difícil camino de regreso.
Los hijos mayores de Jacob, nacidos de Lía, se juntan en banda contra el penúltimo hermano, José, que es el más agraciado de la familia. José es, por cierto, el primogénito de la segunda, y más deseada, esposa de Jacob, Raquel. Los hermanos mayores no toleran a este José, a quien ven como canchero o demasiado listo, y lo venden como esclavo. En el relato bíblico, esto se presenta como si fuera una especie de broma de chicos en el patio de la escuela.
Hay que tomar en cuenta que la esclavitud, en la antigüedad y en la Biblia, era considerablemente más benigna que la deshumanizante “institución peculiar” en el sur de Estados Unidos hasta 1863 o la encomienda colonial hispanoamericana.
En la antigüedad, la mayoría de los esclavos era gente obligada a servir a otros por contrato temporario y funcionaba como la forma de pago de una deuda: el esclavo tenía que compensar mediante el trabajo el valor de la deuda, más algún beneficio. Otra vía hacia la esclavitud era la guerra: los esclavos eran el botín humano de los vencedores. Varios personajes famosos de la antigüedad fueron esclavizados; por ejemplo, Esopo el fabulista, Espartaco el rebelde e incluso San Patricio de Irlanda.
Poco después de que esclavizan a José, se desata en Canaán una hambruna y la familia de Jacob huye a Egipto, donde habían famosos graneros. Un asistente del faraón pone en una situación tan apremiante a los recién llegados que temen por sus vidas. Resulta que este funcionario importante es José, quien ha cumplido el contrato y ya es libre, pero al enterarse de la llegada de su familia ha decidido vengarse con otra broma. Una vez que se ha divertido con la jugarreta, José se hace reconocer como pariente y los ayuda a establecerse en Egipto.
Con el tiempo, durante muchos años, los parientes de José se reproducen y se asientan en Egipto y, según algunos nativos, ya hay demasiados hebreos en el mencionado país. Muchos están esclavizados y oprimidos. Guiado por Dios, uno de ellos, llamado Moisés, provoca la partida de los hebreos del país donde una vez fueron recibidos con hospitalidad; ese desacato al faraón termina siendo la primera revolución teocrática. De la noción bíblica de que Dios apoya la lucha por la dignidad humana han de surgir, muchos siglos después, corrientes de fe “liberadoras” o de liberación.
El relato del libro de Éxodo también narra un largo deambular por el desierto. Durante ese período, Dios revela su extensa ley, más allá de los Diez Mandamientos emitidos de Sinaí. Con el tiempo, vuelven a la tierra de Canaán, la cual había sido otorgada a Abraham ya sus descendientes.
No sabemos con certeza si Moisés fue un personaje histórico ni tampoco si lo que se narra sobre el éxodo hebreo en la Biblia ocurrió como se cuenta; mucho menos si fue como apareció en la película de Charlton Heston. Los arqueólogos modernos han hallado rastros de una tribu llamada “Hapirú” (¿Hebreos?), que partió de Egipto en una migración que duró más o menos un siglo, alrededor del año 1200 Antes de la Era Común.
Sea un hecho histórico o no, el éxodo desde y hacia a la Tierra Prometida es un arquetipo de la experiencia humana. Dejamos la casa de nuestros padres, a menudo por razones frívolas y equívocas, se dan consecuencias indeseables y tratamos de volver a casa, aunque sólo sea formando una familia propia en un nuevo hogar. O, en la fe, creemos que sabemos más que quienes nos enseñaron la fe y luego descubrimos que había un poco de sabiduría en lo que se nos dijo y volvemos, cambiados y quizás con un nuevo patrón de fe, al hogar de nuestras creencias.
Y en el portal del regreso es donde se encuentra el pueblo hebreo al morir Moisés, quien delega a Josué la entrada a Canaán y su posterior reconquista.
Los hijos mayores de Jacob, nacidos de Lía, se juntan en banda contra el penúltimo hermano, José, que es el más agraciado de la familia. José es, por cierto, el primogénito de la segunda, y más deseada, esposa de Jacob, Raquel. Los hermanos mayores no toleran a este José, a quien ven como canchero o demasiado listo, y lo venden como esclavo. En el relato bíblico, esto se presenta como si fuera una especie de broma de chicos en el patio de la escuela.
Hay que tomar en cuenta que la esclavitud, en la antigüedad y en la Biblia, era considerablemente más benigna que la deshumanizante “institución peculiar” en el sur de Estados Unidos hasta 1863 o la encomienda colonial hispanoamericana.
En la antigüedad, la mayoría de los esclavos era gente obligada a servir a otros por contrato temporario y funcionaba como la forma de pago de una deuda: el esclavo tenía que compensar mediante el trabajo el valor de la deuda, más algún beneficio. Otra vía hacia la esclavitud era la guerra: los esclavos eran el botín humano de los vencedores. Varios personajes famosos de la antigüedad fueron esclavizados; por ejemplo, Esopo el fabulista, Espartaco el rebelde e incluso San Patricio de Irlanda.
Poco después de que esclavizan a José, se desata en Canaán una hambruna y la familia de Jacob huye a Egipto, donde habían famosos graneros. Un asistente del faraón pone en una situación tan apremiante a los recién llegados que temen por sus vidas. Resulta que este funcionario importante es José, quien ha cumplido el contrato y ya es libre, pero al enterarse de la llegada de su familia ha decidido vengarse con otra broma. Una vez que se ha divertido con la jugarreta, José se hace reconocer como pariente y los ayuda a establecerse en Egipto.
Con el tiempo, durante muchos años, los parientes de José se reproducen y se asientan en Egipto y, según algunos nativos, ya hay demasiados hebreos en el mencionado país. Muchos están esclavizados y oprimidos. Guiado por Dios, uno de ellos, llamado Moisés, provoca la partida de los hebreos del país donde una vez fueron recibidos con hospitalidad; ese desacato al faraón termina siendo la primera revolución teocrática. De la noción bíblica de que Dios apoya la lucha por la dignidad humana han de surgir, muchos siglos después, corrientes de fe “liberadoras” o de liberación.
El relato del libro de Éxodo también narra un largo deambular por el desierto. Durante ese período, Dios revela su extensa ley, más allá de los Diez Mandamientos emitidos de Sinaí. Con el tiempo, vuelven a la tierra de Canaán, la cual había sido otorgada a Abraham ya sus descendientes.
No sabemos con certeza si Moisés fue un personaje histórico ni tampoco si lo que se narra sobre el éxodo hebreo en la Biblia ocurrió como se cuenta; mucho menos si fue como apareció en la película de Charlton Heston. Los arqueólogos modernos han hallado rastros de una tribu llamada “Hapirú” (¿Hebreos?), que partió de Egipto en una migración que duró más o menos un siglo, alrededor del año 1200 Antes de la Era Común.
Sea un hecho histórico o no, el éxodo desde y hacia a la Tierra Prometida es un arquetipo de la experiencia humana. Dejamos la casa de nuestros padres, a menudo por razones frívolas y equívocas, se dan consecuencias indeseables y tratamos de volver a casa, aunque sólo sea formando una familia propia en un nuevo hogar. O, en la fe, creemos que sabemos más que quienes nos enseñaron la fe y luego descubrimos que había un poco de sabiduría en lo que se nos dijo y volvemos, cambiados y quizás con un nuevo patrón de fe, al hogar de nuestras creencias.
Y en el portal del regreso es donde se encuentra el pueblo hebreo al morir Moisés, quien delega a Josué la entrada a Canaán y su posterior reconquista.
5 de marzo de 2017
Las tribus de Israel
La historia fundamental del pueblo que finalmente fue conocido por el nombre de Israel comienza con la historia de la familia de Abraham. Su único hijo Isaac (“el que ríe”) fue el padre de Jacob, quien, a su vez, fue padre de doce hijos cuyos nombres identifican a las doce tribus de Israel: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín.
Claro, esta relación tradicional omite detalles notables.
En primer lugar, un hijo de Isaac, Esaú, le vendió a Jacob, su hermano gemelo, la primogenitura por un plato de lentejas y Jacob engañó a su padre para obtener su beneplácito (Génesis 25: 29-34). Como veremos repetidamente, un patriarca debe incluso usar artimañas deshonestas para obtener el éxito, lo que importa es el resultado. Uno de los significados del nombre Jacob es “el que engaña”.
En segundo lugar, Jacob tuvo dos esposas a la vez que, además, eran hermanas: Lía, la mayor, tenía una mirada tierna; la menor, Raquel, era “esbelta y hermosa” (la historia completa está en Génesis 29). Además, no solo tuvo doce hijos, sino también, por lo menos, una hija. Lía le dio los primeros seis patriarcas; Raquel, los otros seis y, además, la única hija de Jacob mencionada en la Biblia, Dina, a la que no se considera ni fundadora ni matriarca de una tribu. Quizás sea porque Dina fue violada y su honor lo vengaron sus hermanos con la espada.
Además, algunos elementos secundarios de la narrativa bíblica ofrecen indicios que tienden a confirmar la suposición exegética moderna de que el pueblo de Israel fue siempre una nación multiétnica casi desde el principio, lo cual echa por tierra toda noción de los judíos como etnia. Los violadores de Dina, por ejemplo, eran hombres que deseaban convertirse en israelitas y los hermanos de la violada los atacaron cuando los violadores estaban recuperándose de la circuncisión.
La narrativa en torno a Jacob anticipa toda una variedad de episodios espeluznantes de violación y abuso contra las mujeres, a quienes se les trata esencialmente como posesión de los hombres. Jacob tuvo que trabajar para Labán, el padre de Raquel, para comprarla como cónyuge. Todo esto, por supuesto, es la fe premosaica, antes de los Diez Mandamientos.
De esa concepción provienen los episodios chocantes de la historia bíblica. Cuando me regalaron mi primera Biblia, a los 11 años, mi abuela puso el grito en el cielo, diciendo que la Biblia estaba repleta de historias demasiado escabrosas para un niño, lo que paradójicamente me impulsó a fisgonear en los líbros bíblicos para hallar lo prohibido. Sin embargo, toda la narrativa bíblica, aún con sus giros chocantes, sus patriarcas deshonestos y sus tramas poco beatas, persigue un tema común que se encierra en el nombre Israel, que significa “perseverar con Dios.”
Claro, esta relación tradicional omite detalles notables.
En primer lugar, un hijo de Isaac, Esaú, le vendió a Jacob, su hermano gemelo, la primogenitura por un plato de lentejas y Jacob engañó a su padre para obtener su beneplácito (Génesis 25: 29-34). Como veremos repetidamente, un patriarca debe incluso usar artimañas deshonestas para obtener el éxito, lo que importa es el resultado. Uno de los significados del nombre Jacob es “el que engaña”.
En segundo lugar, Jacob tuvo dos esposas a la vez que, además, eran hermanas: Lía, la mayor, tenía una mirada tierna; la menor, Raquel, era “esbelta y hermosa” (la historia completa está en Génesis 29). Además, no solo tuvo doce hijos, sino también, por lo menos, una hija. Lía le dio los primeros seis patriarcas; Raquel, los otros seis y, además, la única hija de Jacob mencionada en la Biblia, Dina, a la que no se considera ni fundadora ni matriarca de una tribu. Quizás sea porque Dina fue violada y su honor lo vengaron sus hermanos con la espada.
Además, algunos elementos secundarios de la narrativa bíblica ofrecen indicios que tienden a confirmar la suposición exegética moderna de que el pueblo de Israel fue siempre una nación multiétnica casi desde el principio, lo cual echa por tierra toda noción de los judíos como etnia. Los violadores de Dina, por ejemplo, eran hombres que deseaban convertirse en israelitas y los hermanos de la violada los atacaron cuando los violadores estaban recuperándose de la circuncisión.
La narrativa en torno a Jacob anticipa toda una variedad de episodios espeluznantes de violación y abuso contra las mujeres, a quienes se les trata esencialmente como posesión de los hombres. Jacob tuvo que trabajar para Labán, el padre de Raquel, para comprarla como cónyuge. Todo esto, por supuesto, es la fe premosaica, antes de los Diez Mandamientos.
De esa concepción provienen los episodios chocantes de la historia bíblica. Cuando me regalaron mi primera Biblia, a los 11 años, mi abuela puso el grito en el cielo, diciendo que la Biblia estaba repleta de historias demasiado escabrosas para un niño, lo que paradójicamente me impulsó a fisgonear en los líbros bíblicos para hallar lo prohibido. Sin embargo, toda la narrativa bíblica, aún con sus giros chocantes, sus patriarcas deshonestos y sus tramas poco beatas, persigue un tema común que se encierra en el nombre Israel, que significa “perseverar con Dios.”
26 de febrero de 2017
Abraham
Todo resumen de la historia del pueblo elegido debe comenzar, necesariamente, en la ciudad caldea de Ur, situada en la Mesopotamia, actualmente Irak. Ahí vivía un hombre llamado Abram, a quien Dios le prestó especial atención.
Cuando Dios lo eligió para ser padre de un gran pueblo, su esposa, Sarah, ya había pasado la edad de procrear. Una de las maravillas que selló de prenda el pacto (y/o “testamento”) entre Abraham y Dios, fue precisamente que Sarah dio a luz a Isaac. La historia es el prototipo de los comienzos de muchos grandes “patriarcas”, o dirigentes paternales, en la Biblia Hebrea.
Otra prenda del pacto es que Abram pasa a llamarse Abraham, en consonancia con lo que implica poner un nombre: el signo de poder del que nombra y la sumisión del nombrado. Los padres ponen nombre a sus hijos al nacer. De manera semejante, Dios le pone nombre a Abraham cuando lo elige patriarca y le asigna una misión singular.
Ese poder de decidir sobre el nombre de las cosas y las personas es la razón por la cual se consideró sagrado al nombre de Dios, el tetragrámaton o palabra de cuatro letras consonantes (las vocales se agregaron posteriormente).
Transliterado del hebreo siglos después como YHVH, era el nombre de Dios que no estaba permitido escribir o decir, a menos que fuera absolutamente necesario. Los escritos bíblicos en los que aparece Yahveh, se atienen precisamente a esa última excepción. De otra manera, según los rabinos de la antigüedad y los más ortodoxos de hoy, escribirlo y hasta decirlo en voz alta es asumir un poder y una familiaridad indebidos frente al Todopoderoso.
Más allá del hijo y el nombre del patriarca, hubo todo un conjunto de signos de esa relación particular. Por ejemplo, se le ordenó circuncidar a todos los varones.
Pero he aquí la prueba y prenda decisiva: ser capaz de obedecer a Dios cuando pide que uno haga algo doloroso y hasta repugnante. Dios le pide a Abraham que mate a su único hijo, Isaac, el hijo único y amado de su vejez. Y Abraham llega al punto de cumplir la orden cuando Dios lo detiene.
La historia es acerca de la obediencia, pero asimismo tenía un mensaje adicional para quienes la escucharon por primera vez y luego la contaron a otros. Hay que recordar que los hebreos de la antigüedad conocían el sacrificio humano que se realizaban en el marco de algunas religiones y cultos a su alrededor. En la historia de Abraham que aparece en el Génesis, la Biblia enseña que el único Dios verdadero no exige sacrificios humanos; Dios les pone fin cuando le ordena a Abraham que no use su espada contra su hijo.
Leonard Cohen compuso una linda canción sobre el tema llamada La Historia de Isaac, en la que la letra narra el episodio bíblico desde el punto de vista de Isaac.
Dios promete a Abraham que el patriarca será padre de una nación más numerosa que las estrellas. Entonces usa el plan de mudarse que Abraham había elucubrado con su suegro y lo transforma en misión divina: el viaje a una tierra que, Dios promete, será el hogar ancestral de sus descendientes.
Cuando Dios lo eligió para ser padre de un gran pueblo, su esposa, Sarah, ya había pasado la edad de procrear. Una de las maravillas que selló de prenda el pacto (y/o “testamento”) entre Abraham y Dios, fue precisamente que Sarah dio a luz a Isaac. La historia es el prototipo de los comienzos de muchos grandes “patriarcas”, o dirigentes paternales, en la Biblia Hebrea.
Otra prenda del pacto es que Abram pasa a llamarse Abraham, en consonancia con lo que implica poner un nombre: el signo de poder del que nombra y la sumisión del nombrado. Los padres ponen nombre a sus hijos al nacer. De manera semejante, Dios le pone nombre a Abraham cuando lo elige patriarca y le asigna una misión singular.
Ese poder de decidir sobre el nombre de las cosas y las personas es la razón por la cual se consideró sagrado al nombre de Dios, el tetragrámaton o palabra de cuatro letras consonantes (las vocales se agregaron posteriormente).
Transliterado del hebreo siglos después como YHVH, era el nombre de Dios que no estaba permitido escribir o decir, a menos que fuera absolutamente necesario. Los escritos bíblicos en los que aparece Yahveh, se atienen precisamente a esa última excepción. De otra manera, según los rabinos de la antigüedad y los más ortodoxos de hoy, escribirlo y hasta decirlo en voz alta es asumir un poder y una familiaridad indebidos frente al Todopoderoso.
Más allá del hijo y el nombre del patriarca, hubo todo un conjunto de signos de esa relación particular. Por ejemplo, se le ordenó circuncidar a todos los varones.
Pero he aquí la prueba y prenda decisiva: ser capaz de obedecer a Dios cuando pide que uno haga algo doloroso y hasta repugnante. Dios le pide a Abraham que mate a su único hijo, Isaac, el hijo único y amado de su vejez. Y Abraham llega al punto de cumplir la orden cuando Dios lo detiene.
La historia es acerca de la obediencia, pero asimismo tenía un mensaje adicional para quienes la escucharon por primera vez y luego la contaron a otros. Hay que recordar que los hebreos de la antigüedad conocían el sacrificio humano que se realizaban en el marco de algunas religiones y cultos a su alrededor. En la historia de Abraham que aparece en el Génesis, la Biblia enseña que el único Dios verdadero no exige sacrificios humanos; Dios les pone fin cuando le ordena a Abraham que no use su espada contra su hijo.
Leonard Cohen compuso una linda canción sobre el tema llamada La Historia de Isaac, en la que la letra narra el episodio bíblico desde el punto de vista de Isaac.
Dios promete a Abraham que el patriarca será padre de una nación más numerosa que las estrellas. Entonces usa el plan de mudarse que Abraham había elucubrado con su suegro y lo transforma en misión divina: el viaje a una tierra que, Dios promete, será el hogar ancestral de sus descendientes.
19 de febrero de 2017
Libros de la Historia del Pueblo Elegido
El siguiente grupo de escritos bíblicos son los libros históricos. Estos son, con variaciones según las distintas colecciones: Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit, Ester, 1-4 Macabeos.
Estos libros de la Biblia cuentan la historia del pueblo elegido, los hebreos*, elaborada por escribas y editores rabínicos hasta el segundo siglo AEC**.
¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? Para el judaísmo, estos libros consagran hitos claves en la relación colectiva de los hebreos con Dios.
Para los cristianos modernos, que somos mayormente gentiles y no hebreos, proporcionan un contexto histórico que ayuda a entender de qué hablaba el ebanista galileo de nuestra fe, dado que no hablaba de nuestra cultura moderna, sino de la historia de fe recibida por sus oyentes y su pueblo.
La fe bíblica se destaca principalmente en ser, sobre todo, una historia con implicancias. En las próximas entradas, trataré de resumir esa historia a fin de proporcionar una visión general que el lector puede profundizar por su cuenta.
* Veremos que el término “judíos” no entró en uso hasta la ocupación romana de Palestina, o sea que, para todo lo anterior, corresponde usar “hebreos”.
** AEC (antes de la era común) y EC (era común) son la forma moderna y que denotan tolerancia de hablar de las tradicionales eras AC (Antes de Cristo) and AD (Anno Domini, o año del Señor). Curiosamente, en los estudios bíblicos modernos se ha concluido que es probable que el nacimiento de Jesús de Nazaret haya ocurrido en el verano del año 6 antes de nuestra era, razón adicional para usar AEC como nomenclatura razonable.
Estos libros de la Biblia cuentan la historia del pueblo elegido, los hebreos*, elaborada por escribas y editores rabínicos hasta el segundo siglo AEC**.
¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? Para el judaísmo, estos libros consagran hitos claves en la relación colectiva de los hebreos con Dios.
Para los cristianos modernos, que somos mayormente gentiles y no hebreos, proporcionan un contexto histórico que ayuda a entender de qué hablaba el ebanista galileo de nuestra fe, dado que no hablaba de nuestra cultura moderna, sino de la historia de fe recibida por sus oyentes y su pueblo.
La fe bíblica se destaca principalmente en ser, sobre todo, una historia con implicancias. En las próximas entradas, trataré de resumir esa historia a fin de proporcionar una visión general que el lector puede profundizar por su cuenta.
* Veremos que el término “judíos” no entró en uso hasta la ocupación romana de Palestina, o sea que, para todo lo anterior, corresponde usar “hebreos”.
** AEC (antes de la era común) y EC (era común) son la forma moderna y que denotan tolerancia de hablar de las tradicionales eras AC (Antes de Cristo) and AD (Anno Domini, o año del Señor). Curiosamente, en los estudios bíblicos modernos se ha concluido que es probable que el nacimiento de Jesús de Nazaret haya ocurrido en el verano del año 6 antes de nuestra era, razón adicional para usar AEC como nomenclatura razonable.
12 de febrero de 2017
La Ley
Aparte de los diez mandamientos, hay escasa
legislación divina en los libros de Génesis, Éxodo o Números. De
vez en cuando, aparece una sugerencia divina (“procread y
multiplicaos”) y una prohibición aquí y allá (no coman de ese
árbol) y una dirección de escena (“id y decidle, ‘Deja que mi
pueblo se vaya’ ”).
Hay, por supuesto, grandes explicaciones cosmológicas y un hablar fácil e íntimo entre patriarcas y Yavé (Dios). Por supuesto, está implicita la fidelidad al pacto divino-humano, pero no hay mandatos como tales.
La ley real comienza con Levítico, que es mayormente la ley ritual. Dirigida a los levitas, miembros de la tribu de Levi, la tribu sacerdotal encargada de cuidar el Tabernáculo, artefacto del que hablaremos más adelante. Continúa con el Deuteronomio (o segunda ley), que contiene una serie de discursos atribuidos a Moisés.
Los dos libros forman el núcleo de la Ley comunmente citada por los judios. No todas sus ordenanzas se aplican a todo el mundo.
La Ley abarca casi todos los aspectos de la vida. La iniciación de los varones en la comunidad (circuncisión), reglas dietéticas (la prohibición de comer cerdo, o mezclar productos lácteos con carnes, etc.), la oración, el matrimonio, los negocios y demás.
El judaísmo moderno no exige, literalmente, la observancia de toda la ley, a pesar de que ciertas ramas ortodoxas de la religión lo intentan. De hecho, el judaísmo se convirtió en una religión de otros escritos en el Talmud, una colección de enseñanzas rabínicas, resoluciones e interpretaciones de la ley bíblica “mosaica” original. El Talmud fue recopilado entre los siglos II y V de nuestra era.
Al igual que los fallos judiciales en el derecho consuetudinario definen lo que es constitucional, la interpretación y aplicación de la Ley en el Talmud se considera como parte de la Ley, por extensión.
El cristianismo dejó de observar la mayor parte de las ordenanzas bíblicas (en particular las reglas rituales y de dieta) como normativas para gentiles a instancias de Pablo de Tarso. Más tarde se relevó de dichas obligaciones a todos los cristianos, incluyendo a los judíos que eran seguidores de Jesús.
Quedan algunos lectores muy literales—en general, protestantes—que toman algunas ordenanzas con gran seriedad. Por ejemplo, muchos cristianos evangélicos consideran como parte de la moralidad cristiana a los mandatos de la Biblia Hebrea contra la homosexualidad (que eran en realidad normas para asegurar la supervivencia demográfica del Pueblo Elegido); sin embargo, no sienten el menor resquemor al comer jamón, igualmente prohibido.
La Ley es importante como regla moral para el judío creyente o aquellos interesados en el judaismo. También es importante para el cristiano que desee entender el Nuevo Testamento. Es el tema del que hablaban Jesús y los apóstoles, quienes eran judíos.
Hay, por supuesto, grandes explicaciones cosmológicas y un hablar fácil e íntimo entre patriarcas y Yavé (Dios). Por supuesto, está implicita la fidelidad al pacto divino-humano, pero no hay mandatos como tales.
La ley real comienza con Levítico, que es mayormente la ley ritual. Dirigida a los levitas, miembros de la tribu de Levi, la tribu sacerdotal encargada de cuidar el Tabernáculo, artefacto del que hablaremos más adelante. Continúa con el Deuteronomio (o segunda ley), que contiene una serie de discursos atribuidos a Moisés.
Los dos libros forman el núcleo de la Ley comunmente citada por los judios. No todas sus ordenanzas se aplican a todo el mundo.
La Ley abarca casi todos los aspectos de la vida. La iniciación de los varones en la comunidad (circuncisión), reglas dietéticas (la prohibición de comer cerdo, o mezclar productos lácteos con carnes, etc.), la oración, el matrimonio, los negocios y demás.
El judaísmo moderno no exige, literalmente, la observancia de toda la ley, a pesar de que ciertas ramas ortodoxas de la religión lo intentan. De hecho, el judaísmo se convirtió en una religión de otros escritos en el Talmud, una colección de enseñanzas rabínicas, resoluciones e interpretaciones de la ley bíblica “mosaica” original. El Talmud fue recopilado entre los siglos II y V de nuestra era.
Al igual que los fallos judiciales en el derecho consuetudinario definen lo que es constitucional, la interpretación y aplicación de la Ley en el Talmud se considera como parte de la Ley, por extensión.
El cristianismo dejó de observar la mayor parte de las ordenanzas bíblicas (en particular las reglas rituales y de dieta) como normativas para gentiles a instancias de Pablo de Tarso. Más tarde se relevó de dichas obligaciones a todos los cristianos, incluyendo a los judíos que eran seguidores de Jesús.
Quedan algunos lectores muy literales—en general, protestantes—que toman algunas ordenanzas con gran seriedad. Por ejemplo, muchos cristianos evangélicos consideran como parte de la moralidad cristiana a los mandatos de la Biblia Hebrea contra la homosexualidad (que eran en realidad normas para asegurar la supervivencia demográfica del Pueblo Elegido); sin embargo, no sienten el menor resquemor al comer jamón, igualmente prohibido.
La Ley es importante como regla moral para el judío creyente o aquellos interesados en el judaismo. También es importante para el cristiano que desee entender el Nuevo Testamento. Es el tema del que hablaban Jesús y los apóstoles, quienes eran judíos.
5 de febrero de 2017
La Biblia Hebrea
La Biblia no es un libro. La palabra griega byblos, de donde obtenemos “Biblia,” significa “libros”. La colección cristiana de libros bíblicos está dividida en el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento es más o menos lo que el judaísmo hoy llama el Tanak, con frecuencia denominada la Biblia Hebrea.
Los judíos y los cristianos no están de acuerdo sobre el número y orden de los libros que pertenecen en la Biblia Hebrea, al igual que los cristianos muestran diferencias en la interpretación de la lista. Las discrepancias afectan sólo fragmentos de la colección del Antiguo Testamento, que en conjunto divide en tres grupos.
Una forma de recordar los grupos es la palabra hebrea Tanak, que es un acróstico. Como el hebreo antiguo no tenía vocales escritas, la palabra es TNK, de la Torá (la ley), Nevyim (profetas) y Ketuvim (“escritos”). En el uso cristiano, que proviene de la traducción griega conocida como la Septuaginta, se les conoce comúnmente como el Pentateuco (literalmente, “cinco libros”), los libros históricos y los libros de sabiduría, que incluye a los profetas.
El Pentateuco es la colección fundamental, que intenta explicar a través de una narrativa de origen mitológico como llegó a ser el mundo, el lazo del Pueblo Electo con Dios, y diversas ordenanzas que según el inventario rabínico forman un conjunto de 613 leyes divinas.
Los libros históricos cuentan la larga historia del pueblo hebreo, desde su regreso a la tierra prometida conducido por Moisés a su rebelión contra los conquistadores griegos sólo unos pocos siglos antes de Jesús.
Los libros de la sabiduría incluyen colecciones de dichos, un largo poema romántico, una colección de 150 himnos llamados salmos y pequeños tratados sobre temas esenciales como el matrimonio.
Finalmente, figuran las historias y prédica de ciertos hombres llamados profetas. En términos bíblicos la palabra “profecía” no significa adivinar el futuro, sino más bien presentar los eventos claves de la historia del Pueblo Electo, tanto retrospectivamente como prospectivamente, desde la perspectiva divina, según lo revelado a los profetas. El profeta, podría decirse, interpreta la historia desde el punto de vista divino.
Antes de ponerse a leer la Biblia Hebrea es necesario conocer dos elementos acerca de la colección.
En primer lugar, los libros de la Biblia Hebrea no fueron producidos como componemos los libros actualmente.
La mayoría del contenido bíblico fue compuesto desde alrededor del 1.800 AEC (antes de la Era Común) a aproximadamente 1.000 AEC, y transmitido en forma oral. Constituye la tradición oral del pueblo hebreo y tradiciones orales y escritas de sus vecinos que vivían entre la Mesopotamia Asiática (actual Irak) y la cuenca del río Nilo, en Egipto.
Entre 1.000 AEC y el quinto siglo AEC, se comenzaron a transcribir las tradiciones orales. Al regresar del exilio de Babilonia, hacia el fin de esa época, los rabinos y escribas comenzaron a montar la mayor parte de los rollos en el orden que se les conoce hoy, con algunas discrepancias según las copias.
Estos textos fueron escritos en diversas formas de hebreo y dada la ausencia de la prensa y la tecnología de procesamiento de textos, fueron copiados repetidamente, a mano. No queda hoy un solo ejemplar del texto “original” escrito por los autores humanos a quienes se atribuyen los libros bíblicos. De este modo, se explican algunos de los errores de copia y los problemas de congruencia que surgen para el lector moderno al pretender conocer la Biblia.
No se le ocurrió a nadie hasta mucho después de la expulsión de los judíos de la Palestina romana en el año 70 de nuestra era, sentar por escrito una lista y orden preciso de los libros, es decir, lo que hoy llamamos el “canon” (kanon en griego, que significa “medida”) de libros que propiamente debieran considerarse bíblicos. El resultado es que hoy hay cánones rabínico, católico, ortodoxo y protestante.
Los textos más antiguos que sobreviven hoy en día están en griego o hebreo. No se le ocurrió a nadie organizar los textos en capítulos y versos numerados hasta la Edad Media, que es cuando los Masoretas, la escuela rabínica española del famoso Rabino Moisés Maimónides, insertó vocales en el texto hebreo.
A la mayoría de los libros se les conoce como vinculado a un ser humano particular. Los del Pentateuco (Genesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se presentan como libros “de Moisés”. No obstante, entre los que compusieron, transmitieron y escribieron los libros de la Biblia Hebrea nuestra idea de la autoría era una nociones totalmente desconocida, y ni hablar de hechos fácticos o empíricos.
Es decir, que un libro diga que es “ de Moisés” no quiere decir que hay un manuscrito de puño y letra del viejo Moisés, quien se sentó y los escribió en las noches durante la travesía por el desierto. Más bien, significa que las personas que repitieron, escribieron y copiaron sus dichos, otros los editaron y los organizaron, todos en la creencia de que se trataban de las enseñanzas e historias que representaban la “escuela” de Moisés.
Es similar al caso de Sócrates, cuyas palabras fueron escritas por discípulos, en particular Platón, y no por Sócrates mismo.
Para confundir al lector moderno aún más, gran parte de la Biblia Hebrea contiene una narración acerca de hechos que ocurrieron mucho antes de que hubiesen nacido los supuestos autores. Moisés no fue testigo de la creación, del pacto con Abraham, ni de muchos otros episodios en sus libros, mucho menos los posteriores narradores y escritores de los textos.
Los editores, la mayoría de ellos de alrededor del siglo V antes de nuestra era, tenían el punto de vista rabínico de que todas las versiones de un acontecimiento que hubiesen sobrevivido (acordarse que estamos hablando de siglos de contar el cuento ante fogatas miles de veces) representaban verdades recibidas que tenían algo importante que enseñar. Por lo tanto, se abstuvieron de eliminar versiones, sino que las fundieron y el resultado es a veces torpe o confuso (por ejemplo, dos historias de la creación y del diluvio universal que no son idénticas).
La idea moderna es que un hecho histórico verídico viene de una comprensión científica del factum, que significa más o menos algo que se ha hecho o se ha producido. Los hechos científicos son verificables, se ajustan a la experiencia y pueden ser reproducidos o probados.
A los antiguos que compusieron y transmitieron la Biblia, la ciencia moderna les era completamente desconocida. Conocían verdades que surgían de la experiencia directa, la percepción o la imaginación. Sin saber el proceso de condensación que produce la lluvia, por ejemplo, pensaban que la lluvia era obra de alguna fuerza invisible que había decidido que lloviese de vez en cuando.
Todas las historias, fácticas o no, eran para ellos algo parecido a lo que son para nosotros las novelas, no los diarios o boletines de noticias. El que escribió la historia de la creación, obviamente, no estaba ahí, por ejemplo; nadie creía que la historia vino de un testigo ocular, y mucho menos que el detalle era exacto a un nivel microscópico o astronómico.
Aunque voy a intentar dar una visión general del contenido de la Biblia Hebrea, cualquier persona que desee entrar en más detalles podría comenzar con el artículo de la Wikipedia sobre la Biblia Hebrea. Pero tal vez la mejor carta de presentación académica contemporánea escrita por un cristiano (un metodista en este caso) es el libro Antiguo Testamento por el profesor Bernhard Anderson, utilizado durante mucho tiempo en muchos seminarios, escuelas de teología y las mejores universidades.
Los judíos y los cristianos no están de acuerdo sobre el número y orden de los libros que pertenecen en la Biblia Hebrea, al igual que los cristianos muestran diferencias en la interpretación de la lista. Las discrepancias afectan sólo fragmentos de la colección del Antiguo Testamento, que en conjunto divide en tres grupos.
Una forma de recordar los grupos es la palabra hebrea Tanak, que es un acróstico. Como el hebreo antiguo no tenía vocales escritas, la palabra es TNK, de la Torá (la ley), Nevyim (profetas) y Ketuvim (“escritos”). En el uso cristiano, que proviene de la traducción griega conocida como la Septuaginta, se les conoce comúnmente como el Pentateuco (literalmente, “cinco libros”), los libros históricos y los libros de sabiduría, que incluye a los profetas.
El Pentateuco es la colección fundamental, que intenta explicar a través de una narrativa de origen mitológico como llegó a ser el mundo, el lazo del Pueblo Electo con Dios, y diversas ordenanzas que según el inventario rabínico forman un conjunto de 613 leyes divinas.
Los libros históricos cuentan la larga historia del pueblo hebreo, desde su regreso a la tierra prometida conducido por Moisés a su rebelión contra los conquistadores griegos sólo unos pocos siglos antes de Jesús.
Los libros de la sabiduría incluyen colecciones de dichos, un largo poema romántico, una colección de 150 himnos llamados salmos y pequeños tratados sobre temas esenciales como el matrimonio.
Finalmente, figuran las historias y prédica de ciertos hombres llamados profetas. En términos bíblicos la palabra “profecía” no significa adivinar el futuro, sino más bien presentar los eventos claves de la historia del Pueblo Electo, tanto retrospectivamente como prospectivamente, desde la perspectiva divina, según lo revelado a los profetas. El profeta, podría decirse, interpreta la historia desde el punto de vista divino.
Antes de ponerse a leer la Biblia Hebrea es necesario conocer dos elementos acerca de la colección.
Composición
En primer lugar, los libros de la Biblia Hebrea no fueron producidos como componemos los libros actualmente.
La mayoría del contenido bíblico fue compuesto desde alrededor del 1.800 AEC (antes de la Era Común) a aproximadamente 1.000 AEC, y transmitido en forma oral. Constituye la tradición oral del pueblo hebreo y tradiciones orales y escritas de sus vecinos que vivían entre la Mesopotamia Asiática (actual Irak) y la cuenca del río Nilo, en Egipto.
Entre 1.000 AEC y el quinto siglo AEC, se comenzaron a transcribir las tradiciones orales. Al regresar del exilio de Babilonia, hacia el fin de esa época, los rabinos y escribas comenzaron a montar la mayor parte de los rollos en el orden que se les conoce hoy, con algunas discrepancias según las copias.
Estos textos fueron escritos en diversas formas de hebreo y dada la ausencia de la prensa y la tecnología de procesamiento de textos, fueron copiados repetidamente, a mano. No queda hoy un solo ejemplar del texto “original” escrito por los autores humanos a quienes se atribuyen los libros bíblicos. De este modo, se explican algunos de los errores de copia y los problemas de congruencia que surgen para el lector moderno al pretender conocer la Biblia.
No se le ocurrió a nadie hasta mucho después de la expulsión de los judíos de la Palestina romana en el año 70 de nuestra era, sentar por escrito una lista y orden preciso de los libros, es decir, lo que hoy llamamos el “canon” (kanon en griego, que significa “medida”) de libros que propiamente debieran considerarse bíblicos. El resultado es que hoy hay cánones rabínico, católico, ortodoxo y protestante.
Los textos más antiguos que sobreviven hoy en día están en griego o hebreo. No se le ocurrió a nadie organizar los textos en capítulos y versos numerados hasta la Edad Media, que es cuando los Masoretas, la escuela rabínica española del famoso Rabino Moisés Maimónides, insertó vocales en el texto hebreo.
Autoría
A la mayoría de los libros se les conoce como vinculado a un ser humano particular. Los del Pentateuco (Genesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se presentan como libros “de Moisés”. No obstante, entre los que compusieron, transmitieron y escribieron los libros de la Biblia Hebrea nuestra idea de la autoría era una nociones totalmente desconocida, y ni hablar de hechos fácticos o empíricos.
Es decir, que un libro diga que es “ de Moisés” no quiere decir que hay un manuscrito de puño y letra del viejo Moisés, quien se sentó y los escribió en las noches durante la travesía por el desierto. Más bien, significa que las personas que repitieron, escribieron y copiaron sus dichos, otros los editaron y los organizaron, todos en la creencia de que se trataban de las enseñanzas e historias que representaban la “escuela” de Moisés.
Es similar al caso de Sócrates, cuyas palabras fueron escritas por discípulos, en particular Platón, y no por Sócrates mismo.
Para confundir al lector moderno aún más, gran parte de la Biblia Hebrea contiene una narración acerca de hechos que ocurrieron mucho antes de que hubiesen nacido los supuestos autores. Moisés no fue testigo de la creación, del pacto con Abraham, ni de muchos otros episodios en sus libros, mucho menos los posteriores narradores y escritores de los textos.
Los editores, la mayoría de ellos de alrededor del siglo V antes de nuestra era, tenían el punto de vista rabínico de que todas las versiones de un acontecimiento que hubiesen sobrevivido (acordarse que estamos hablando de siglos de contar el cuento ante fogatas miles de veces) representaban verdades recibidas que tenían algo importante que enseñar. Por lo tanto, se abstuvieron de eliminar versiones, sino que las fundieron y el resultado es a veces torpe o confuso (por ejemplo, dos historias de la creación y del diluvio universal que no son idénticas).
La idea moderna es que un hecho histórico verídico viene de una comprensión científica del factum, que significa más o menos algo que se ha hecho o se ha producido. Los hechos científicos son verificables, se ajustan a la experiencia y pueden ser reproducidos o probados.
A los antiguos que compusieron y transmitieron la Biblia, la ciencia moderna les era completamente desconocida. Conocían verdades que surgían de la experiencia directa, la percepción o la imaginación. Sin saber el proceso de condensación que produce la lluvia, por ejemplo, pensaban que la lluvia era obra de alguna fuerza invisible que había decidido que lloviese de vez en cuando.
Todas las historias, fácticas o no, eran para ellos algo parecido a lo que son para nosotros las novelas, no los diarios o boletines de noticias. El que escribió la historia de la creación, obviamente, no estaba ahí, por ejemplo; nadie creía que la historia vino de un testigo ocular, y mucho menos que el detalle era exacto a un nivel microscópico o astronómico.
Aunque voy a intentar dar una visión general del contenido de la Biblia Hebrea, cualquier persona que desee entrar en más detalles podría comenzar con el artículo de la Wikipedia sobre la Biblia Hebrea. Pero tal vez la mejor carta de presentación académica contemporánea escrita por un cristiano (un metodista en este caso) es el libro Antiguo Testamento por el profesor Bernhard Anderson, utilizado durante mucho tiempo en muchos seminarios, escuelas de teología y las mejores universidades.
29 de enero de 2017
La gente de Yeshua
Comenzaré repitiendo que al famoso joven ebanista de Nazaret, que hoy es el puntal de la fe cristiana, se lo conocía por el nombre de Yeshua ben Yosif (Josué hijo de José). Lo hago para subrayar que no se puede siquiera comenzar a comprender la “buena nueva” cristiana sin hacer referencia a la historia precristiana del pueblo hebreo.
No intento sustituir la lectura de la Biblia Hebrea, narrativa que Jesús, sus apóstoles y otros oyentes conocían como contexto de lo que eran y de lo que discutían. Lo que propongo es tratar algunos de los temas principales que aparecen una y otra vez en la saga bíblica.
La relación entre los descendientes de Abraham (a quienes la Biblia llama judíos, hebreos o Israel) y su Dios (Jehová o Yahvé) se narra poéticamente. Los profetas y salmistas hablan de su historia como la de un matrimonio entre una esposa a menudo caprichosa e infiel (Israel) y un marido fiel y constante (Dios) que siempre perdona, por amor, a la que ha elegido para siempre.
Muchos de los principales personajes bíblicos son desagradables, rebeldes y cometen fechorías. Algunos asesinan poblaciones enteras convencidos de que actúan en obediencia a una orden divina. Otros tratan de engañar a Dios. Algunos se emborrachan y cometen incesto.
Pero la razón por la cual se los considera héroes y heroínas es que, al fin y al cabo, vuelven al hogar de la fe y, después de todo, son fieles a Dios.
Los Diez Mandamientos de Moisés son una pequeña parte de un código que, según la interpretación rabínica, consiste en unas 613 ordenanzas de origen divino. Éstas se hallan en los primeros cinco libros de la Biblia conocidos como el Pentateuco o Torá. Abarcan todos los aspectos de la "buena vida" que todo judío debe ajustarse.
Los rabinos no escribieron la ley o, por lo menos, nadie se ha atribuido semejante usurpación de la prerrogativa divina. Sin embargo, rabinos, profesores y estudiantes eruditos de la ley, recibieron la misión de aplicar la ley divina en circunstancias humanas y cotidianas. Y, a veces, esos intérpetes no estaban de acuerdo entre sí. Y escribieron sin cesar, tratando de ayudar a los piadosos, justamente temerosos de la ira divina.
Algunos se inspiraron en las enseñanzas de rabinos precristianos como Hillel, algunos de cuyos dichos se hallan en boca de Jesús. Los principales escritos rabínicos se recogen en el Talmud, un libro que no está en la Biblia, sino que fue compilado o escrito entre los siglos II y V de nuestra era.
Durante los dos mil años previos al nacimiento de Cristo, Dios envió a ciertas personas (en su mayoría hombres, pero figuran mujeres también) que interpretaron la voluntad divina para el Pueblo Elegido en momentos críticos. Algunos son conocidos formalmente como profetas, otros se presentaron bajo los títulos de juez o rey.
La profecía no es una cuestión de magia, no es predecir el futuro. La persona escogida para transmitir la voluntad divina que se aplique a ese momento en particular de manera decisiva a menudo advierte sobre las consecuencias del presente en el futuro.
Y, a veces, las historias de los profetas que se relatan son retrospectivas. A lo largo de los años, los autores bíblicos se dieron cuenta de la sagacidad de los profetas: “nos advirtieron que seríamos conquistados si no cambiábamos nuestro comportamiento ... ¡y así sucedió!”
La persona enviada suele ser alguien que inicalmente no genera confianza como mensajero divino. Moisés se crió como un príncipe egipcio adoptado por la reina y disfrutaba de todas las comodidades de la casa real. Jeremías se quejó ante Dios de que era demasiado joven para ser profeta. David había sido rey y adúltero antes de componer muchos de los salmos que se le atribuyen, quizás no todos.
En resumen, en la historia bíblica se representa un Pueblo Elegido, los antepasados de Jesús, que, al fin y al cabo, es fiel, obediente y profético. En los evangelios, se insiste constantemente en que Jesús solo vino a realizar la promesa implícita en la elección divina de la fidelidad, la ley y los profetas.
No intento sustituir la lectura de la Biblia Hebrea, narrativa que Jesús, sus apóstoles y otros oyentes conocían como contexto de lo que eran y de lo que discutían. Lo que propongo es tratar algunos de los temas principales que aparecen una y otra vez en la saga bíblica.
La Fidelidad
La relación entre los descendientes de Abraham (a quienes la Biblia llama judíos, hebreos o Israel) y su Dios (Jehová o Yahvé) se narra poéticamente. Los profetas y salmistas hablan de su historia como la de un matrimonio entre una esposa a menudo caprichosa e infiel (Israel) y un marido fiel y constante (Dios) que siempre perdona, por amor, a la que ha elegido para siempre.
Muchos de los principales personajes bíblicos son desagradables, rebeldes y cometen fechorías. Algunos asesinan poblaciones enteras convencidos de que actúan en obediencia a una orden divina. Otros tratan de engañar a Dios. Algunos se emborrachan y cometen incesto.
Pero la razón por la cual se los considera héroes y heroínas es que, al fin y al cabo, vuelven al hogar de la fe y, después de todo, son fieles a Dios.
La Ley
Los Diez Mandamientos de Moisés son una pequeña parte de un código que, según la interpretación rabínica, consiste en unas 613 ordenanzas de origen divino. Éstas se hallan en los primeros cinco libros de la Biblia conocidos como el Pentateuco o Torá. Abarcan todos los aspectos de la "buena vida" que todo judío debe ajustarse.
Los rabinos no escribieron la ley o, por lo menos, nadie se ha atribuido semejante usurpación de la prerrogativa divina. Sin embargo, rabinos, profesores y estudiantes eruditos de la ley, recibieron la misión de aplicar la ley divina en circunstancias humanas y cotidianas. Y, a veces, esos intérpetes no estaban de acuerdo entre sí. Y escribieron sin cesar, tratando de ayudar a los piadosos, justamente temerosos de la ira divina.
Algunos se inspiraron en las enseñanzas de rabinos precristianos como Hillel, algunos de cuyos dichos se hallan en boca de Jesús. Los principales escritos rabínicos se recogen en el Talmud, un libro que no está en la Biblia, sino que fue compilado o escrito entre los siglos II y V de nuestra era.
La Profecía
Durante los dos mil años previos al nacimiento de Cristo, Dios envió a ciertas personas (en su mayoría hombres, pero figuran mujeres también) que interpretaron la voluntad divina para el Pueblo Elegido en momentos críticos. Algunos son conocidos formalmente como profetas, otros se presentaron bajo los títulos de juez o rey.
La profecía no es una cuestión de magia, no es predecir el futuro. La persona escogida para transmitir la voluntad divina que se aplique a ese momento en particular de manera decisiva a menudo advierte sobre las consecuencias del presente en el futuro.
Y, a veces, las historias de los profetas que se relatan son retrospectivas. A lo largo de los años, los autores bíblicos se dieron cuenta de la sagacidad de los profetas: “nos advirtieron que seríamos conquistados si no cambiábamos nuestro comportamiento ... ¡y así sucedió!”
La persona enviada suele ser alguien que inicalmente no genera confianza como mensajero divino. Moisés se crió como un príncipe egipcio adoptado por la reina y disfrutaba de todas las comodidades de la casa real. Jeremías se quejó ante Dios de que era demasiado joven para ser profeta. David había sido rey y adúltero antes de componer muchos de los salmos que se le atribuyen, quizás no todos.
En resumen, en la historia bíblica se representa un Pueblo Elegido, los antepasados de Jesús, que, al fin y al cabo, es fiel, obediente y profético. En los evangelios, se insiste constantemente en que Jesús solo vino a realizar la promesa implícita en la elección divina de la fidelidad, la ley y los profetas.
22 de enero de 2017
Zarzas Ardientes
En algún lugar de ese mundo creado bueno y luego desfigurado por los hombres, surgieron personajes que, de alguna manera, lograron escuchar la voz de Dios. Abraham, Moisés, Jeremías, los patriarcas y profetas, Jesús, los apóstoles y varias personas que hoy, se estima, están en la presencia de Dios después de vivir una vida como la que conocemos.
Aprovecho la imagen de la zarza ardiente, de la que provino la voz que decía ser la de Dios escuchada por Moisés, como una metáfora apropiada de escuchar a y hablar con Dios.
Sí, conozco la broma de que hablar con Dios es oración, mientras que escuchar a Dios es síntoma de esquizofrenia. Soy un hombre moderno y no desdeño la ciencia; sólo propongo que la ciencia todavía no lo sabe todo. Científicamente, Dios es profundamente inobservable y, en consecuencia, todo lo concierne a lo divino no puede ser objeto de un análisis empírico.
Por lo tanto, invito al lector, como lo hubiera hecho Rod Serling, a entrar a una dimensión desconocida de la fe. Dudo que Abraham, Moisés, Jesús y sus amigos escucharan la voz de Dios como escuchamos la voz de un amigo por teléfono. Ni siquiera sabían lo que era un teléfono.
Paracientíficos como Erich von Daniken han propuesto pseudoexplicaciones que suenan a ciencia ficción: por ejemplo, el Tabernáculo de los antiguos hebreos, del que, supuestamente, provenía una voz divina (aunque esto estaba reservado a los sacerdotes y rabinos), era, en realidad, una radio que habían dejado los extraterrestres.
Consideremos una explicación distinta.
Abraham, Moisés, Jesús y compañía, como Gautama Buda, Mahoma, Zoroastro, Lao-Tse y así sucesivamente, todos los varones de túnica que hablaban con una sabiduría que parecía divina, eran hombres de oración y profunda meditación. Hombres que, de alguna manera distintiva, buscaban un camino intuitivo hacia la Verdad en momentos de mucha ignorancia empírica o racional.
¿Nos es totalmente imposible imaginar una búsqueda espiritual (que, sí, quizás en términos científicos modernos sea sólo un choque de sustancias químicas creadas en las mentes, también creadas) de la que resulte una experiencia inefable que comunique una meta, un mandamiento, una sensación de paz y una certeza superior a cualquier explicación cotidiana y racional, que lleve a la convicción de que se ha escuchado la voz divina?
Dios se les apareció a Samuel y Daniel en sueños, a Moisés en una zarza ardiente, a Jesús en su bautismo como una voz escuchada sólo por aquellos que esperaban una voz divina, a los santos y apóstoles como apariciones. Elías descubre que Dios está en el silencio y en la tranquilidad de viento que amaina. Jeremías no puede disuadir a Dios de que él mismo es demasiado joven y torpe para ser profeta.
Lo que aparece en todos los casos es una comunicación inefable, que transforma la vida, que se reconoce como divina y sin apelación. Cuando Dios habla, sólo se puede obedecer o desobedecer. No se puede ver el rostro de Dios y sólo se debe creer a través de las maravillas de Dios (e incluso sin ellas).
Dios se expresa en adivinanzas a veces, hace exigencias absurdas y curiosas.
Dios habla a menudo de lo que ya está en la mente de la persona, casi como la confirmación de un camino ya elegido. El padre de Abraham es el primero en llegar a la idea de que él, Lot y sus esposas deberían mudarse a Canaán. Entonces Dios llama a Abraham, le dice que debe hacerlo y hace su pacto. (Ver Génesis al final del capítulo 11 y principios del 12.)
No es magia. No es engaño. Es la voz de Dios.
15 de enero de 2017
Expulsados del Edén
La segunda parte de la historia de la creación el Génesis intenta explicar porqué el mundo es un desastre moral, especialmente teniendo en cuenta que cuando todo fue creado Dios vio a un universo “que era bueno” (Génesis 1:10).
El tema moral de Edén evoca un poema de James Joyce:
… Del oscuro pasado
Un niño nace;
Con alegría y el dolor
Mi corazón está desgarrado. …
¿No es así con todos los nacimientos? No comenzamos como pizarras en blanco, “inocentes” supuestamente. Y, sin embargo, los bebés tienen exigencias que los vuelven profundamente egocéntricos. Además ¿qué será de ese plácido bebé cuando sea grande? ¿Descubrirá una vacuna o causará genocidio?
En Génesis capítulos 2 y 3 se presenta la creación de Adán a quien Dios lo pone en el Jardín (o huerto) de Edén. Adán es un nombre propio masculino en hebreo, pero cuando se le antepone un artículo significa “el humano”.
Le sigue a Adán su compañera, Eva, en hebreo Havva, significa “ser que vive” o “fuente de vida”. Y acaece que en Edén ambos caen en la tentación de comer del fruto del Árbol del Bien y del Mal, que Dios les había prohibido y descubren su desnudez.
Es una narración mitológica, que al igual que la de la creación y el diluvio universal, proviene de mitos sumerios y acadios. (El idioma semita acadio más o menos lo mismo al hebreo que el latín es al castellano.) La intención es explicar el origen de la inmoralidad, o el mal.
El problema del mal persigue a la fe. ¿Cómo puede haber X mal si hay un Dios bueno? “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender”, le exige Dios a Job (Job 38:4).
San Agustín (354-430), obispo de Hipona, en el norte de África, y el primer filósofo cristiano de envergadura, se remite a la palabra “concupiscencia” (del latín, con deseo) para describir el problema personal del mal.
De ahí vino el tradicional “pecado original”. La idea es más o menos similar a lo que enseñaba Sidarta Gautama, conocido como el Buda, alrededor del siglo IV antes de la era común.
Brevemente, el Buda enseña que en la vida terrenal estamos atrapados en Samsara, un vagabundeo perpetuo y cíclico que, en las raíces hinduistas del budismo, pasa a través de la muerte y la reencarnación. Estamos atrapados en este ciclo debido al deseo. ¡Concupiscencia!
Aunque las religiones más emparentadas al cristianismo, el islam y el judaísmo, carecen una enseñanza que denominan pecado original, ambas comparten con la fe cristiana la idea de un status quo ante, antes del mal, en la historia del Edén. En el hinduismo hay una versión más compleja y espiritual.
Lo esencial en el cristianismo, mencionado por San Ireneo (130-202), obispo de Lyons, en sus debates relativos a esta enseñanza, es parcialmente lo que sugiere el poema de Joyce: comenzamos con males ancestrales y heredados.
Algunos nacemos en mansiones, construidas y mantenidas por el sudor y el sufrimiento acumulado de los demás, transmutado en ganancias y dinero nuestros. Otros nacemos en chozas, como Jesús, sin un céntimo. Algunos nacen de señoras casadas que se emperifollan con pulcritud para ir a la iglesia todos los domingos, otros luchamos por salir al mundo de prostitutas drogadictas en lupanares.
Este no es el orden divino: esta es la injusticia humana y el error que hemos forjado engañándonos, pensando que somos árbitros morales a la par del Creador.
El tema moral de Edén evoca un poema de James Joyce:
… Del oscuro pasado
Un niño nace;
Con alegría y el dolor
Mi corazón está desgarrado. …
¿No es así con todos los nacimientos? No comenzamos como pizarras en blanco, “inocentes” supuestamente. Y, sin embargo, los bebés tienen exigencias que los vuelven profundamente egocéntricos. Además ¿qué será de ese plácido bebé cuando sea grande? ¿Descubrirá una vacuna o causará genocidio?
En Génesis capítulos 2 y 3 se presenta la creación de Adán a quien Dios lo pone en el Jardín (o huerto) de Edén. Adán es un nombre propio masculino en hebreo, pero cuando se le antepone un artículo significa “el humano”.
Le sigue a Adán su compañera, Eva, en hebreo Havva, significa “ser que vive” o “fuente de vida”. Y acaece que en Edén ambos caen en la tentación de comer del fruto del Árbol del Bien y del Mal, que Dios les había prohibido y descubren su desnudez.
Es una narración mitológica, que al igual que la de la creación y el diluvio universal, proviene de mitos sumerios y acadios. (El idioma semita acadio más o menos lo mismo al hebreo que el latín es al castellano.) La intención es explicar el origen de la inmoralidad, o el mal.
El problema del mal persigue a la fe. ¿Cómo puede haber X mal si hay un Dios bueno? “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender”, le exige Dios a Job (Job 38:4).
San Agustín (354-430), obispo de Hipona, en el norte de África, y el primer filósofo cristiano de envergadura, se remite a la palabra “concupiscencia” (del latín, con deseo) para describir el problema personal del mal.
De ahí vino el tradicional “pecado original”. La idea es más o menos similar a lo que enseñaba Sidarta Gautama, conocido como el Buda, alrededor del siglo IV antes de la era común.
Brevemente, el Buda enseña que en la vida terrenal estamos atrapados en Samsara, un vagabundeo perpetuo y cíclico que, en las raíces hinduistas del budismo, pasa a través de la muerte y la reencarnación. Estamos atrapados en este ciclo debido al deseo. ¡Concupiscencia!
Aunque las religiones más emparentadas al cristianismo, el islam y el judaísmo, carecen una enseñanza que denominan pecado original, ambas comparten con la fe cristiana la idea de un status quo ante, antes del mal, en la historia del Edén. En el hinduismo hay una versión más compleja y espiritual.
Lo esencial en el cristianismo, mencionado por San Ireneo (130-202), obispo de Lyons, en sus debates relativos a esta enseñanza, es parcialmente lo que sugiere el poema de Joyce: comenzamos con males ancestrales y heredados.
Algunos nacemos en mansiones, construidas y mantenidas por el sudor y el sufrimiento acumulado de los demás, transmutado en ganancias y dinero nuestros. Otros nacemos en chozas, como Jesús, sin un céntimo. Algunos nacen de señoras casadas que se emperifollan con pulcritud para ir a la iglesia todos los domingos, otros luchamos por salir al mundo de prostitutas drogadictas en lupanares.
Este no es el orden divino: esta es la injusticia humana y el error que hemos forjado engañándonos, pensando que somos árbitros morales a la par del Creador.
8 de enero de 2017
Dios creó
“Al principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1) no tenía para los autores bíblicos de hace varios miles de años el sentido que se le da hoy cuando se discute el comienzo del mundo en términos científicos. Los autores bíblicos sólo llegaron a comprender, sin evidencia científica, que había un Alguien que, en palabras de Paul Tillich, era fundamento del ser y el existir.
¿Un rayo? Viene de Dios. ¿Llanuras y montañas y ríos hasta más allá de lo que uno puede ver? Regalo de Dios.
La Biblia menciona a Dios, pero nunca describe al ser divino. Nadie ha visto el rostro de Dios, la Biblia declara repetidamente.
Los filósofos tienen diferentes versiones de Dios: creador, motor primario, o ente ficticio e inexistente.
Las personas de fe han tenido dioses, y finalmente a Dios, al cual no profesan conocer, pero de quien la intuición dice que siempre ha estado ahí. En algunas versiones de religiones antiguas, el mundo es un sueño de la Divinidad, en otras una secreción y en otras una gran explosión cósmica desmembró a Dios en el universo y todo es divino.
En nuestra tradición judeo-cristiana, Dios es el ser eterno necesario, de hecho, el único cuya esencia es la existencia. Dios es. Dios es la causa de todo y todos. Sin Dios, nada.
Pero todo eso vino después.
En Génesis, el primer libro de la Biblia, hallamos sólo una respuesta a la pregunta de cómo Dios hizo algo de la nada, que es el significado correcto y original del verbo “crear”.
Nos olvidamos de eso. Nos es grato dejarnos llevar por un romanticismo poético de pensarnos pequeños dioses, que “creamos” cosas, sobre todo en el arte, la música y la literatura. En realidad, no hay nada original. Todo es una elaboración de algo visto y escuchado, re-presentado de una manera quizás original o impensada por otros de nuestra época.
En cuanto a los cielos y la tierra, para los antiguos se asemejaban a un globo de agua. Estaban las aguas del mar y a su lado la tierra y las aguas de la bóveda del cielo, de la que colgaban estrellas, como adornos centelleantes en la noche.
“Dijo Dios: ‘Haya una bóveda en medio de las aguas, para que separe unas aguas de las otras’. Hizo Dios entonces como una bóveda y separó unas aguas de las otras: las que estaban por encima del firmamento, de las que estaban por debajo de él. Y así sucedió. Dios llamó a esta bóveda ‘Cielo’. Y atardeció y amaneció: fue el día Segundo. Dijo Dios: ‘Júntense las aguas de debajo de los cielos en un solo depósito, y aparezca el suelo seco’. Y así fue. Dios llamó al suelo seco ‘Tierra’ y al depósito de las aguas ‘Mares’. Y vio Dios que esto era bueno.” (Gn 1: 6-10).
No hay que imponer siglos de filosofía o la ciencia del siglo XXI a autores que no sabían ni de una uni de la otra. Creer en la creación divina no implica aceptar de manera literal las palabras exactas de Génesis, digan lo que digan.
La historia de la creación es un mito, lo cual no quiere decir que sea falso. La mitología es un recurso literario de quien intenta transmitir conceptos, de cuya verdad el autor está convencido, aún cuando no se pueden explicar racionalmente. En este caso el concepto es: Dios creó.
No se explica al detalle científico. Por eso es que se le denomina fe.
¿Un rayo? Viene de Dios. ¿Llanuras y montañas y ríos hasta más allá de lo que uno puede ver? Regalo de Dios.
La Biblia menciona a Dios, pero nunca describe al ser divino. Nadie ha visto el rostro de Dios, la Biblia declara repetidamente.
Los filósofos tienen diferentes versiones de Dios: creador, motor primario, o ente ficticio e inexistente.
Las personas de fe han tenido dioses, y finalmente a Dios, al cual no profesan conocer, pero de quien la intuición dice que siempre ha estado ahí. En algunas versiones de religiones antiguas, el mundo es un sueño de la Divinidad, en otras una secreción y en otras una gran explosión cósmica desmembró a Dios en el universo y todo es divino.
En nuestra tradición judeo-cristiana, Dios es el ser eterno necesario, de hecho, el único cuya esencia es la existencia. Dios es. Dios es la causa de todo y todos. Sin Dios, nada.
Pero todo eso vino después.
En Génesis, el primer libro de la Biblia, hallamos sólo una respuesta a la pregunta de cómo Dios hizo algo de la nada, que es el significado correcto y original del verbo “crear”.
Nos olvidamos de eso. Nos es grato dejarnos llevar por un romanticismo poético de pensarnos pequeños dioses, que “creamos” cosas, sobre todo en el arte, la música y la literatura. En realidad, no hay nada original. Todo es una elaboración de algo visto y escuchado, re-presentado de una manera quizás original o impensada por otros de nuestra época.
En cuanto a los cielos y la tierra, para los antiguos se asemejaban a un globo de agua. Estaban las aguas del mar y a su lado la tierra y las aguas de la bóveda del cielo, de la que colgaban estrellas, como adornos centelleantes en la noche.
“Dijo Dios: ‘Haya una bóveda en medio de las aguas, para que separe unas aguas de las otras’. Hizo Dios entonces como una bóveda y separó unas aguas de las otras: las que estaban por encima del firmamento, de las que estaban por debajo de él. Y así sucedió. Dios llamó a esta bóveda ‘Cielo’. Y atardeció y amaneció: fue el día Segundo. Dijo Dios: ‘Júntense las aguas de debajo de los cielos en un solo depósito, y aparezca el suelo seco’. Y así fue. Dios llamó al suelo seco ‘Tierra’ y al depósito de las aguas ‘Mares’. Y vio Dios que esto era bueno.” (Gn 1: 6-10).
No hay que imponer siglos de filosofía o la ciencia del siglo XXI a autores que no sabían ni de una uni de la otra. Creer en la creación divina no implica aceptar de manera literal las palabras exactas de Génesis, digan lo que digan.
La historia de la creación es un mito, lo cual no quiere decir que sea falso. La mitología es un recurso literario de quien intenta transmitir conceptos, de cuya verdad el autor está convencido, aún cuando no se pueden explicar racionalmente. En este caso el concepto es: Dios creó.
No se explica al detalle científico. Por eso es que se le denomina fe.
1 de enero de 2017
El principio
Se me ha pedido, al acercarse la confirmación de un adulto que conozco, que relate cómo se llegó a la presente doctrina cristiana, detalle por detalle, en orden histórico, con el fin de esclarecer las enseñanzas, la moral y los rituales. Es una tarea difícil y que me llevará algún tiempo, comenzar por el principio para finalizar en el presente de inicios de siglo XXI.
La historia cristiana empieza con un ebanista galileo que predicó ciertas enseñanzas e hizo algunas cosas y murió de una manera determinada y—¡oh, sorpresa!—resucitó de la muerte. Lo que sabemos, sin duda, de este hombre y sus seguidores es que eran judíos que predicaban a sus correligionarios judíos.
Por esta razón, el evangelio según Mateo comienza con una genealogía de Jesús (Mt. 1:1-16). Para Mateo (y, sí, el comité de escribas y redactores asociados con la iglesia de Antioquía) lo importante es mostrar que Jesús (¿Yeshua? ¿Yehoshua?) era de lo más judío que se podía ser.
Por lo tanto, el evangelista traza desde Abraham, patriarca arquetípico del pueblo judío y probablemente una figura histórica (aún cuando su paternidad genealógica no se aplique a todos los judíos hasta la fecha). Abraham engendró a Isaac, que engendró a Jacob, que engendró a Judas (no el Judas de Jesús), que engendró a Fares ... todos los engendros hasta Jacob (pero no el de Isaac), que engendró a José, “esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.”
Kristos (Cristo) es simplemente la palabra griega para “Mesías”, o Salvador, en hebreo. Es un apodo, no el apellido de Jesús. Al Jesús de Nazaret sus conocidos probablemente le decían Yeshua ben Yosif, Jesús hijo de José, según la costumbre de la época.
El evangelista Lucas, médico griego convertido a la fe por Pablo de Tarso, tiene un enfoque distinto. Lucas, un gentil, quiere transmitir la universalidad de Jesús, por lo que se remonta a Adán.
Mateo y Lucas, aunque difieren en algunas partes, pasan de Abraham por David. Para Jesús reclaman no sólo las raíces hebreas y humanas más antiguas, sino una ascendencia de la nobleza real.
El Evangelio de Marcos recoge la historia mucho más tarde, cuando Juan el Bautista y Jesús son hombres que dicen cosas inesperadas en público.
Juan, el último evangelio canónico, es decir, el último tradicionalmente aceptado como fiel a las enseñanzas de los primeros seguidores de Jesús, se remonta mucho más atrás que Lucas. Va al principio de todo: “Al principio era el Verbo”.
El más joven de los discípulos más allegados a Jesús, Juan probablemente declamó su versión a los escribas de la iglesia en la isla de Patmos, décadas después de los hechos. Comenzó cortando por lo sano al principio cósmico, Génesis 1:1, la primera frase de la Biblia: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Juan nos señala que Jesús, Verbo divino, estuvo presente en la creación, al principio de todo.
La historia cristiana empieza con un ebanista galileo que predicó ciertas enseñanzas e hizo algunas cosas y murió de una manera determinada y—¡oh, sorpresa!—resucitó de la muerte. Lo que sabemos, sin duda, de este hombre y sus seguidores es que eran judíos que predicaban a sus correligionarios judíos.
Por esta razón, el evangelio según Mateo comienza con una genealogía de Jesús (Mt. 1:1-16). Para Mateo (y, sí, el comité de escribas y redactores asociados con la iglesia de Antioquía) lo importante es mostrar que Jesús (¿Yeshua? ¿Yehoshua?) era de lo más judío que se podía ser.
Por lo tanto, el evangelista traza desde Abraham, patriarca arquetípico del pueblo judío y probablemente una figura histórica (aún cuando su paternidad genealógica no se aplique a todos los judíos hasta la fecha). Abraham engendró a Isaac, que engendró a Jacob, que engendró a Judas (no el Judas de Jesús), que engendró a Fares ... todos los engendros hasta Jacob (pero no el de Isaac), que engendró a José, “esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.”
Kristos (Cristo) es simplemente la palabra griega para “Mesías”, o Salvador, en hebreo. Es un apodo, no el apellido de Jesús. Al Jesús de Nazaret sus conocidos probablemente le decían Yeshua ben Yosif, Jesús hijo de José, según la costumbre de la época.
El evangelista Lucas, médico griego convertido a la fe por Pablo de Tarso, tiene un enfoque distinto. Lucas, un gentil, quiere transmitir la universalidad de Jesús, por lo que se remonta a Adán.
Mateo y Lucas, aunque difieren en algunas partes, pasan de Abraham por David. Para Jesús reclaman no sólo las raíces hebreas y humanas más antiguas, sino una ascendencia de la nobleza real.
El Evangelio de Marcos recoge la historia mucho más tarde, cuando Juan el Bautista y Jesús son hombres que dicen cosas inesperadas en público.
Juan, el último evangelio canónico, es decir, el último tradicionalmente aceptado como fiel a las enseñanzas de los primeros seguidores de Jesús, se remonta mucho más atrás que Lucas. Va al principio de todo: “Al principio era el Verbo”.
El más joven de los discípulos más allegados a Jesús, Juan probablemente declamó su versión a los escribas de la iglesia en la isla de Patmos, décadas después de los hechos. Comenzó cortando por lo sano al principio cósmico, Génesis 1:1, la primera frase de la Biblia: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Juan nos señala que Jesús, Verbo divino, estuvo presente en la creación, al principio de todo.
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