22 de enero de 2017

Zarzas Ardientes


En algún lugar de ese mundo creado bueno y luego desfigurado por los hombres, surgieron personajes que, de alguna manera, lograron escuchar la voz de Dios. Abraham, Moisés, Jeremías, los patriarcas y profetas, Jesús, los apóstoles y varias personas que hoy, se estima, están en la presencia de Dios después de vivir una vida como la que conocemos.

Aprovecho la imagen de la zarza ardiente, de la que provino la voz que decía ser la de Dios escuchada por Moisés, como una metáfora apropiada de escuchar a y hablar con Dios.

Sí, conozco la broma de que hablar con Dios es oración, mientras que escuchar a Dios es síntoma de esquizofrenia. Soy un hombre moderno y no desdeño la ciencia; sólo propongo que la ciencia todavía no lo sabe todo. Científicamente, Dios es profundamente inobservable y, en consecuencia, todo lo concierne a lo divino no puede ser objeto de un análisis empírico.

Por lo tanto, invito al lector, como lo hubiera hecho Rod Serling, a entrar a una dimensión desconocida de la fe. Dudo que Abraham, Moisés, Jesús y sus amigos escucharan la voz de Dios como escuchamos la voz de un amigo por teléfono. Ni siquiera sabían lo que era un teléfono.

Paracientíficos como Erich von Daniken han propuesto pseudoexplicaciones que suenan a ciencia ficción: por ejemplo, el Tabernáculo de los antiguos hebreos, del que, supuestamente, provenía una voz divina (aunque esto estaba reservado a los sacerdotes y rabinos), era, en realidad, una radio que habían dejado los extraterrestres.

Consideremos una explicación distinta.

Abraham, Moisés, Jesús y compañía, como Gautama Buda, Mahoma, Zoroastro, Lao-Tse y así sucesivamente, todos los varones de túnica que hablaban con una sabiduría que parecía divina, eran hombres de oración y profunda meditación. Hombres que, de alguna manera distintiva, buscaban un camino intuitivo hacia la Verdad en momentos de mucha ignorancia empírica o racional.

¿Nos es totalmente imposible imaginar una búsqueda espiritual (que, sí, quizás en términos científicos modernos sea sólo un choque de sustancias químicas creadas en las mentes, también creadas) de la que resulte una experiencia inefable que comunique una meta, un mandamiento, una sensación de paz y una certeza superior a cualquier explicación cotidiana y racional, que lleve a la convicción de que se ha escuchado la voz divina?

Dios se les apareció a Samuel y Daniel en sueños, a Moisés en una zarza ardiente, a Jesús en su bautismo como una voz escuchada sólo por aquellos que esperaban una voz divina, a los santos y apóstoles como apariciones. Elías descubre que Dios está en el silencio y en la tranquilidad de viento que amaina. Jeremías no puede disuadir a Dios de que él mismo es demasiado joven y torpe para ser profeta.

Lo que aparece en todos los casos es una comunicación inefable, que transforma la vida, que se reconoce como divina y sin apelación. Cuando Dios habla, sólo se puede obedecer o desobedecer. No se puede ver el rostro de Dios y sólo se debe creer a través de las maravillas de Dios (e incluso sin ellas).

Dios se expresa en adivinanzas a veces, hace exigencias absurdas y curiosas.

Dios habla a menudo de lo que ya está en la mente de la persona, casi como la confirmación de un camino ya elegido. El padre de Abraham es el primero en llegar a la idea de que él, Lot y sus esposas deberían mudarse a Canaán. Entonces Dios llama a Abraham, le dice que debe hacerlo y hace su pacto. (Ver Génesis al final del capítulo 11 y principios del 12.)

No es magia. No es engaño. Es la voz de Dios.

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