12 de marzo de 2017

Éxodo y Retorno

A estas tribus de Israel fundadas por Jacob les acaecen dos episodios de enorme importancia simbólica. Ambas son emblemáticas de la relación que la tradición bíblica tiene en mente para Israel y para todos, con Dios. Primero ocurre una partida del “hogar”; segundo, viene el difícil camino de regreso.

Los hijos mayores de Jacob, nacidos de Lía, se juntan en banda contra el penúltimo hermano, José, que es el más agraciado de la familia. José es, por cierto, el primogénito de la segunda, y más deseada, esposa de Jacob, Raquel. Los hermanos mayores no toleran a este José, a quien ven como canchero o demasiado listo, y lo venden como esclavo.  En el relato bíblico, esto se presenta como si fuera una especie de broma de chicos en el patio de la escuela.

Hay que tomar en cuenta que la esclavitud, en la antigüedad y en la Biblia, era considerablemente más benigna que la deshumanizante “institución peculiar” en el sur de Estados Unidos hasta 1863 o la encomienda colonial hispanoamericana.

En la antigüedad, la mayoría de los esclavos era gente obligada a servir a otros por contrato temporario y funcionaba como la forma de pago de una deuda: el esclavo tenía que compensar mediante el trabajo el valor de la deuda, más algún beneficio. Otra vía hacia la esclavitud era la guerra: los esclavos eran el botín humano de los vencedores. Varios personajes famosos de la antigüedad fueron esclavizados; por ejemplo, Esopo el fabulista, Espartaco el rebelde e incluso San Patricio de Irlanda.

Poco después de que esclavizan a José, se desata en Canaán una hambruna y la familia de Jacob huye a Egipto, donde habían famosos graneros. Un asistente del faraón pone en una situación tan apremiante a los recién llegados que temen por sus vidas. Resulta que este funcionario importante es José, quien ha cumplido el contrato y ya es libre, pero al enterarse de la llegada de su familia ha decidido vengarse con otra broma. Una vez que se ha divertido con la jugarreta, José se hace reconocer como pariente y los ayuda a establecerse en Egipto.

Con el tiempo, durante muchos años, los parientes de José se reproducen y se asientan en Egipto y, según algunos nativos, ya hay demasiados hebreos en el mencionado país. Muchos están esclavizados y oprimidos. Guiado por Dios, uno de ellos, llamado Moisés, provoca la partida de los hebreos del país donde una vez fueron recibidos con hospitalidad; ese desacato al faraón termina siendo la primera revolución teocrática. De la noción bíblica de que Dios apoya la lucha por la dignidad humana han de surgir, muchos siglos después, corrientes de fe “liberadoras” o de liberación.

El relato del libro de Éxodo también narra un largo deambular por el desierto. Durante ese período, Dios revela su extensa ley, más allá de los Diez Mandamientos emitidos de Sinaí. Con el tiempo, vuelven a la tierra de Canaán, la cual había sido otorgada a Abraham ya sus descendientes.

No sabemos con certeza si Moisés fue un personaje histórico ni tampoco si lo que se narra sobre el éxodo hebreo en la Biblia ocurrió como se cuenta; mucho menos si fue como apareció en la película de Charlton Heston. Los arqueólogos modernos han hallado rastros de una tribu llamada “Hapirú” (¿Hebreos?), que partió de Egipto en una migración que duró más o menos un siglo, alrededor del año 1200 Antes de la Era Común.

Sea un hecho histórico o no, el éxodo desde y hacia a la Tierra Prometida es un arquetipo de la experiencia humana. Dejamos la casa de nuestros padres, a menudo por razones frívolas y equívocas, se dan consecuencias indeseables y tratamos de volver a casa, aunque sólo sea formando una familia propia en un nuevo hogar. O, en la fe, creemos que sabemos más que quienes nos enseñaron la fe y luego descubrimos que había un poco de sabiduría en lo que se nos dijo y volvemos, cambiados y quizás con un nuevo patrón de fe, al hogar de nuestras creencias.

Y en el portal del regreso es donde se encuentra el pueblo hebreo al morir Moisés, quien delega a Josué la entrada a Canaán y su posterior reconquista.

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